Cuando cumplir empezó a pasar por aprender

Hay un silencio que se repite demasiado en las aulas universitarias. No es el silencio del interés. Es otro. El silencio del que no sabe qué hacer cuando le quitan la instrucción paso a paso.
Uno pide algo elemental: “explícalo con tus palabras”.0
Nada.
No porque no quieran. Porque no pueden.
Leen (o simulan leer). Subrayan mucho. Entregan resúmenes correctos, ordenados, incluso manuscritos. Todo en regla. Todo “cumplido”. Pero cuando llega el momento de pensar sin muletas, el andamiaje se cae. Como edificio bonito hecho con cartón.
Durante la pandemia se habló de todo: rezago, tecnología, emociones, resiliencia. Se habló poco de lo que pasó con la cabeza. Con la capacidad de sostener una idea sin copiarla. Con el hábito de razonar sin instrucciones.
La emergencia enseñó a sobrevivir académicamente. A entregar. A no reprobar. A cumplir.
No a pensar.
Y la universidad (esa que presume pensamiento crítico en sus discursos) hizo lo que mejor sabe hacer cuando hay crisis: administrar. Ajustó calendarios, flexibilizó criterios, multiplicó formatos y evidencias. Mucha plataforma. Mucha rúbrica. Mucho reporte. Mucha “calidad” gestionada. Pensar, en serio, quedó como supuesto.
Ahí está el elefante en la habitación: la simulación académica se normalizó.
No como fraude escandaloso, sino como procedimiento cotidiano. Tú entregas algo aceptable. Yo te apruebo con criterio humano. Nadie se mete en problemas. El indicador cierra. El semestre avanza.
¿Y el pensamiento crítico?
Bueno… aparece en los documentos.

No es solo un problema estudiantil. Culpar a “la juventud” es fácil y cómodo. El problema es más incómodo: los incentivos institucionales premian el cumplimiento, no la comprensión. El que exige demasiado es “conflictivo”. El que aprueba fácil es “empático”. El sistema aprende rápido quién molesta y quién no.
Luego llega el momento real: hablar sin leer, explicar sin copiar, sostener una idea propia. Y muchos se desarman. No por flojos. Por entrenamiento.
La pandemia no creó esto. Lo aceleró.
Pero el terreno ya estaba listo: años de escuela donde repetir era responder bien, donde dudar era no estudiar, donde equivocarse era exponerse. Súmale pantallas, multitarea, dopamina fragmentada, y ahora textos generados que suenan bien sin entender nada. El resultado: escritura correcta, pensamiento frágil.
La universidad debería ser el lugar donde pensar incomoda. Donde te equivocas con argumentos. Donde un texto te deja inquieto. No donde subrayar sustituye a entender.
Lo grave no es que una generación tenga dificultades. Eso pasa siempre.
Lo grave es que la universidad esté aprendiendo a funcionar sin pensamiento crítico, y que lo haga con una tranquilidad administrativa envidiable.
Eso es lo que casi nadie quiere decir.
Por eso el silencio.
Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz
Profesor investigador universitario y consultor en análisis político y políticas públicas. Especialista en metodología de la investigación, comunicación política y pensamiento crítico. Escribe sobre universidad, poder, narrativas contemporáneas y crisis institucionales, con una mirada crítica sobre la educación superior en México.
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Autor
Luis Enrique Sánchez Díaz
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