Viernes, febrero 13, 2026

13 febrero, 2026

Luis Enrique Sánchez Fernández

Política partidaria, simulación ideológica y bolsa de trabajo

Luis Enrique Sánchez Fernández

El sistema de partidos políticos en México se ha deteriorado. La ideología dejó de ser brújula y se convirtió en disfraz. Hoy no se “milita”, se cotiza; no se debate, se negocia; no se representa, se administra el cargo.

Durante décadas, los partidos fueron —con todas sus contradicciones— escuelas políticas: formaban cuadros, transmitían visiones del Estado, articulaban intereses sociales. Eso se agotó. El sistema fue rediseñado para producir empleos políticos, no para resolver problemas públicos. El resultado es una clase política profesionalizada en sobrevivir, no en transformar.

Cuando alguien puede pasar sin rubor de un partido que se dice liberal o socialdemócrata a otro de derecha conservadora, no estamos ante una evolución ideológica: estamos frente a una mudanza laboral. El partido ya no es proyecto; es franquicia. Y el militante ya no es ciudadano organizado; es aspirante a nómina pública.

El caso de Blanca Alcalá Ruiz en Puebla es ilustrativo, no excepcional. Tras más de 40 años de militancia en el Partido Revolucionario Institucional, su incorporación al Partido Acción Nacional no puede explicarse desde las ideas: se explica desde la oportunidad. No hay ruptura doctrinaria porque ya no había doctrina que romper.

Y esto tiene consecuencias graves:

Desaparece la rendición de cuentas ideológica. Si hoy soy una cosa y mañana la contraria, ¿ante qué valores respondo?

Se vacía la representación social. Los partidos dejan de ser intermediarios entre sociedad y Estado.

Se normaliza la mentira política. Prometer sin cumplir no cuesta, porque no hay comunidad ideológica que reclame.

Se consolida una élite cerrada. Cambian de siglas, no de círculo; rotan cargos, no convicciones.

El problema no es que alguien cambie de partido. El problema es que pueda hacerlo sin dar explicaciones, sin debate público, sin costo político. Eso solo ocurre cuando los partidos ya no importan como proyectos colectivos, sino como vehículos de acceso al poder y al presupuesto.

En ese contexto, hablar de “crisis de los partidos” es quedarse corto. Lo que vivimos es algo más profundo:

la sustitución de la política por la administración del oportunismo.

Mientras no se reconstruyan partidos con identidad, con base social real y con mecanismos internos de exigencia ética, la democracia seguirá siendo un mercado de candidaturas. Y la ciudadanía, simple espectadora de un juego donde las siglas cambian, pero los intereses permanecen. identidad, con base social real y con mecanismos internos de exigencia ética, la democracia seguirá siendo un mercado de candidaturas. Y la ciudadanía, simple espectadora de un juego donde las siglas cambian, pero los intereses permanecen.

Lo ocurrido en Puebla con Blanca Alcalá Ruiz no es una anécdota personal ni un ajuste de trayectorias individuales: es el síntoma de un sistema de partidos agotado, diseñado no para representar a la sociedad, sino para colocar a una misma élite en distintos cargos bajo distintas siglas.

Cuando la militancia de décadas puede desecharse sin explicación pública; cuando no hay debate interno, ni rendición de cuentas, ni costo político; cuando las ideas no importan y solo importa el cargo disponible, la política deja de ser un espacio de proyecto colectivo y se convierte en bolsa de trabajo.

En ese escenario, los partidos ya no compiten por convencer a la ciudadanía, sino por administrar candidaturas; ya no forman cuadros, reclutan perfiles; ya no discuten modelos de país, negocian posiciones. El resultado es una clase política profesionalizada en el acomodo, no en el servicio público.

Por eso la desafección ciudadana no es apatía: es desconfianza racional. La gente entiende —mejor que muchos analistas— que cambiar de partido ya no implica cambiar de rumbo. Solo cambiar de color.

Mientras no se reconstruyan partidos con identidad ideológica, compromiso social y límites éticos claros, la democracia seguirá siendo un ritual electoral vacío, y el poder, un botín que se reparte entre los mismos, una y otra vez.

Es cuanto.

Autor

Luis Enrique Sánchez Fernández

Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.

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