Martes, febrero 17, 2026

17 febrero, 2026

Luis Enrique Sánchez Fernández

La política como franquicia: Partidos sin ideas, poder sin compromiso

La clase política sin compromiso social (Segunda entrega)

Por Luis Enrique Sánchez Fernández

Si los partidos dejaron de ser proyectos ideológicos, algo tenía que ocupar su lugar. Lo que emergió no fue una nueva forma de representación ciudadana, sino una clase política profesionalizada en el acomodo.

Ya no hablamos de militantes, sino de operadores. No de cuadros formados en debates internos, sino de perfiles diseñados para ganar elecciones. La política dejó de ser un espacio de confrontación de ideas y se convirtió en un circuito cerrado donde lo importante no es transformar la realidad, sino permanecer en ella.

Esta nueva élite tiene rasgos claros:

Primero, la movilidad sin costo. Cambiar de partido ya no exige explicación doctrinaria porque la doctrina es ornamental. El “chapulineo” dejó de escandalizar; se normalizó como estrategia de supervivencia.

Segundo, la desconexión social. La base territorial, los sindicatos, las organizaciones civiles o los movimientos ciudadanos ya no determinan la vida interna de los partidos. Lo hacen las negociaciones cupulares. La política se volvió vertical y autorreferencial.

Tercero, la narrativa como sustituto de contenido. La comunicación reemplazó al proyecto. El discurso sustituye al programa. La promesa se volvió herramienta recurrente porque el incumplimiento rara vez tiene consecuencias.

No se trata de señalar nombres aislados. El fenómeno es estructural. El sistema produce incentivos para que el político piense primero en su trayectoria, después en su grupo y, eventualmente, en la ciudadanía. El orden de prioridades está invertido.

En este contexto, la ciudadanía percibe algo que muchos actores políticos se resisten a aceptar: la representación se volvió formal, no sustantiva. Se vota, sí. Se compite, sí. Pero la alternancia no garantiza transformación, porque quienes rotan comparten la misma lógica de supervivencia.

El resultado es una democracia administrada por una élite que cambia de siglas sin cambiar de intereses. No es necesariamente más corrupta que en el pasado; es más profesional en su permanencia. Aprendió a moverse dentro del sistema sin cuestionarlo.

Y ahí radica el problema mayor: cuando la política se convierte en carrera y no en vocación pública, el compromiso social se vuelve accesorio. El servicio público se redefine como oportunidad personal.

La desconfianza ciudadana no es producto de la manipulación mediática ni del desencanto irracional. Es una reacción lógica ante un sistema que ofrece competencia electoral, pero no siempre ofrece responsabilidad política.

Si la Entrega 1 explicó cómo los partidos se transformaron en franquicias, esta segunda deja claro quiénes administran esas franquicias: una clase política que aprendió a sobrevivir en cualquier sigla porque lo central ya no es el proyecto, sino el cargo.

En la siguiente entrega la pregunta será inevitable:

¿Basta con reformar partidos o necesitamos repensar la democracia misma?

Es cuanto.

Autor

Luis Enrique Sánchez Fernández

Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.

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