12 agosto, 2025
Luis Enrique Sánchez Díaz

Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz
En la Facultad de Administración de la BUAP, donde se forman los futuros gestores de lo público, hay un plan de estudios que huele a 2016… porque es de 2016. Una reliquia académica maquillada para sobrevivir en 2025, con su columna vertebral hecha de presupuesto, auditoría, contabilidad, investigación de operaciones y teoría de juegos. Nada de malo en dominar la contabilidad gubernamental, si no fuera porque aquí el verbo rector es “optimizar” y no “transformar”.
El problema no es solo académico, es político. El egresado más ilustre de esta casa —Alejandro Armenta, hoy gobernador y bandera de la autodenominada Cuarta Transformación— aprendió en estas aulas a administrar desde la lógica de la eficiencia gerencial neoliberal (así como lo lee), no desde la economía social y solidaria que hoy predica en discursos. Esa contradicción, visible y punzante, es un espejo roto que nadie en la 4T poblana quiere mirar: la cantera formativa de sus cuadros clave produce gerentes de KPIs, no constructores de valor público.
La dirección de la Facultad y la Rectoría llevan años celebrando la “modernización” de este programa. Modernización que, traducida del neoliberalismo, significa gerencialismo con compliance: medir antes que comprender, reportar antes que transformar. En las aulas, se enseña a cuadrar cifras, no a cuidar comunidades. En las planeaciones estratégicas se fijan targets, no derechos. El valor público queda reducido a un “alcance” en el PowerPoint, y la justicia social es apenas un decorado retórico para el Día Internacional de la Administración Pública.
Mientras tanto, los cursos obligatorios en economía social y solidaria, cooperativismo, finanzas comunitarias, gobierno abierto como bien común, evaluación con enfoque de capacidades… brillan por su ausencia. El estudiante puede graduarse sin haber escuchado jamás que existe el concepto de “co-producción” de políticas con ciudadanía, pero sí sabiendo perfectamente cómo calcular un costo unitario o diagramar un flujo de procesos. Ese es el ADN que la BUAP inyecta en el servicio público.
Y aquí viene lo que incomoda: si la 4T poblana se enorgullece de la “formación humanista” de sus cuadros, ¿por qué la Facultad de Administración, cuna de su gobernador, sigue replicando un modelo académico que encajaría sin fricción en la tecnocracia de los 90? Porque actualizar el discurso es fácil; actualizar el currículo exige romper pactos, incomodar intereses y asumir que durante años se ha producido una contradicción flagrante: formar gerentes de eficiencia para luego pedirles que gobiernen con justicia social.
Esto no es un ataque gratuito: es una advertencia. La universidad pública no puede ser el call center de la burocracia disfrazada de transformación. Y si la dirección de la Facultad, la Rectoría y el propio Armenta quieren congruencia entre lo que dicen y lo que enseñan, el rediseño curricular no puede esperar. De lo contrario, seguirán graduando administradores entrenados para cuadrar balances… pero incapaces de sostener el país que el discurso promete.
Porque aquí, en la BUAP, entre planes viejos y discursos nuevos, se está incubando una incoherencia que no se resuelve con auditorías ni conferencias. Se resuelve con un golpe de timón: poner en el centro no la eficiencia, sino la vida en común.
Autor / Bio corta
Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz — Profesor-investigador en la BUAP. Analiza política, datos y derechos digitales.
Contacto: luisenriquesan.blog | X: @luisenriquesan | Grupo de Telegram
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