11 agosto, 2025
Luis Enrique Sánchez Díaz

En Puebla, abril de 2025, el gobernador Alejandro Armenta decidió inaugurar una escena digna de un manual de comunicación… pero no de esos que se estudian en la universidad, sino de los que los ciudadanos comparten para reírse en WhatsApp. El acto: presentar a su perro, Tommy, como Director Honorífico de Bienestar Animal.
En teoría, se trataba de un gesto noble: vincular la figura del gobernante con la causa del bienestar animal. En la práctica, fue una lección magistral de cómo destruir un marco narrativo en segundos. Y es que, como si la puesta en escena no fuera ya lo bastante arriesgada, alguien decidió añadir el toque letal: una voz en off que hacía “hablar” al perro.
— Hola, papá, ¿cómo estás?
— Mira cuántos cachorritos hay, papá.
En ese instante, lo que pretendía ser tierno se transformó en combustible puro para la maquinaria irónica de TikTok. El problema es que el gobernador y su equipo parecen ignorar que la comunicación política no vive en el vacío: respira, se distorsiona y se reconfigura en un ecosistema gobernado por reglas propias.
En la cabeza del equipo, la ecuación era simple: “Líder cercano” + “causa noble” = “capital político positivo”. En la cabeza de la audiencia, la ecuación fue otra: “Político con perro parlante” + “contexto de problemas reales” = “acto ridículo”.
Y aquí se revela la primera gran falla estructural: la desconexión de contexto. Mientras Puebla lidia con inseguridad, tensiones universitarias y leyes que huelen a censura digital, el gobernador decide regalarle al espacio público un sketch canino. Resultado: la agenda política del día pasó de la inseguridad al chiste.
Desde la teoría, es un caso de manual:
Pero más allá de la academia, el episodio confirma un hecho incómodo: la política contemporánea no controla sus símbolos. En TikTok no hay solemnidad, no hay jerarquía que valga, y cualquier signo fuera de lugar se convierte en arma de sátira masiva.
Cuando un mensaje se viraliza en clave negativa, el clima de opinión digital se solidifica en cuestión de horas. El tiempo de reacción es mínimo, y la estrategia para enfrentarlo no es la que parece dominar este gobierno: el silencio institucional o la negación. Aquí, la ausencia de respuesta inteligente permitió que la burla se multiplicara y consolidara. “Tommy” dejó de ser un perro con cargo honorífico para convertirse en metáfora de un gobierno que habla con su mascota mientras la ciudadanía espera soluciones reales.
El caso Tommy no es un accidente aislado; es apenas el capítulo más pintoresco de una serie de errores estratégicos que revelan la incapacidad del gobierno de Puebla para leer el pulso digital. Antes fueron los silencios ante las burlas por la Ley de Ciberasedio, luego la torpeza para enfrentar la crítica universitaria y, ahora, la entrega voluntaria de material para la sátira nacional. El patrón es constante: subestimar la inteligencia colectiva de las redes, sobredimensionar el control institucional y actuar como si la comunicación política fuera una avenida de un solo sentido. El problema no es Tommy. El problema es un gobierno que todavía cree que el ridículo no deja huella, cuando en la era digital, la huella es lo único que queda.
✍️ Semblanza del autor
Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor investigador universitario en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, especialista en administración pública, comunicación política y opinión pública. Columnista crítico y analista mordaz, combina rigor académico con narrativas irónicas.
Contacto: luisenriquesan.blog | X: @luisenriquesan | Grupo de Telegram
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