Cuando la política se convierte en espectáculo
Luis Enrique Sánchez Fernández
Grace Palomares y Nay Salvatori cometieron un error. Lo dijeron, se difundió, provocó indignación y llegaron las disculpas. Podríamos cerrar ahí el expediente y sumarnos a la larga fila de quienes condenan lo sucedido.
Sería lo más fácil.
Pero quizá también sería desperdiciar una buena oportunidad para preguntarnos qué está pasando con la política mexicana.
Porque el problema no son solamente dos diputadas poblanas haciendo comentarios desafortunados sobre los adultos mayores. Ellas son protagonistas circunstanciales de un fenómeno bastante más profundo: la transformación de la política en espectáculo y del representante popular en personaje.
No es nuevo que la política tenga algo de teatro.
Lo tuvo siempre. Hubo discursos encendidos, plazas llenas, candidatos cargando niños, campesinos cuidadosamente colocados detrás del orador, fotografías comiendo tacos en mercados y promesas pronunciadas con la solemnidad de quien sabe que probablemente nunca tendrá que cumplirlas.
El espectáculo siempre acompañó al poder.
Lo diferente ahora es que comienza a sustituirlo.
Las redes sociales modificaron radicalmente la comunicación política. TikTok, Instagram, Facebook, X, YouTube y los podcasts permiten que cualquier representante público converse directamente con miles o millones de personas.
Eso podría haber enriquecido extraordinariamente la democracia.
Pero también ocurrió algo distinto.
El político descubrió el algoritmo.
Y el algoritmo no necesariamente premia al que mejor argumenta. Premia al que consigue nuestra atención.
Una explicación seria sobre presupuesto público difícilmente compite con una ocurrencia de quince segundos. Una discusión sobre pobreza, seguridad o desarrollo urbano exige tiempo; una frase provocadora necesita segundos para recorrer el país.
Así aparece una nueva tentación para el político: ser visible antes que ser útil.
Y aquí el episodio de las diputadas poblanas deja de ser una anécdota.
Porque Grace Palomares y Nay Salvatori no llegaron solas al Congreso. No encontraron accidentalmente una curul mientras caminaban por Puebla.
Hubo un partido que las postuló, mecanismos internos que las seleccionaron, campañas que las promovieron y finalmente ciudadanos que votaron.
Por eso resulta insuficiente preguntar qué les ocurrió a ellas.
La pregunta verdaderamente incómoda es otra:
¿Qué está buscando el sistema político mexicano cuando selecciona a quienes habrán de representarnos?
Durante décadas los partidos mexicanos tuvieron mecanismos de formación política. Algunos autoritarios, otros burocráticos y muchos profundamente cuestionables. No idealicemos el pasado.
Pero había militancia, organizaciones juveniles, sectores, discusión ideológica, trabajo territorial y carreras políticas construidas durante años.
El sistema produjo caciques, corruptos y oportunistas, ciertamente.
Pero también produjo políticos.
Hoy pareciera que en algunos casos el currículum puede resumirse de otra manera: conocimiento público, presencia mediática, seguidores, capacidad para aparecer en una encuesta y posibilidades de ganar una elección.
No importa demasiado de dónde venga la popularidad.
Un futbolista, un artista, un empresario, un luchador, un conductor de televisión o un influencer pueden convertirse repentinamente en candidatos.
Nada de eso los incapacita para gobernar o legislar.
El problema aparece cuando la popularidad sustituye a la preparación.
Porque gobernar o legislar no es entretener.
Un diputado discute presupuestos, aprueba leyes, modifica instituciones y toma decisiones que afectan la vida cotidiana de millones de personas.
Para eso no bastan seguidores.
Se requieren conocimientos, sensibilidad social, responsabilidad, capacidad de negociación y, sobre todo, conciencia de representación.
Aquí aparece otra transformación interesante.
Durante mucho tiempo el político necesitaba ciudadanos.
Ahora algunos necesitan audiencia.
El ciudadano pregunta, exige, reclama y vota.
La audiencia mira, comparte, comenta y pone “me gusta”.
Es cuanto.
Autor
Luis Enrique Sánchez Fernández
Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.
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