De las diosas antiguas a la Virgen de Guadalupe: la continuidad de lo femenino sagrado en América
Luis Enrique Sánchez Fernández
Cuarta entrega
Si en muchas civilizaciones antiguas el universo religioso estuvo marcado por la presencia de grandes diosas, en Mesoamérica también existieron figuras femeninas asociadas con la tierra, la fertilidad y la protección de la vida. El mundo indígena del altiplano central concebía la naturaleza como un espacio lleno de fuerzas sagradas, y entre esas fuerzas destacaban diversas divinidades femeninas.
Entre ellas se encontraba Tonantzin, cuyo nombre en náhuatl significa literalmente “nuestra madre”. Este término no designaba necesariamente a una sola diosa, sino a una idea religiosa más amplia: la madre protectora, vinculada con la tierra y con la continuidad de la vida.
En el universo religioso mexica también aparece la figura de Coatlicue, una deidad compleja que representaba simultáneamente la vida y la muerte, el nacimiento y la destrucción. En la cosmovisión mesoamericana, la tierra era madre porque alimentaba a los hombres, pero también porque recibía a los muertos.
Estas divinidades expresaban una concepción profunda del mundo: la naturaleza como matriz de la vida.
El encuentro entre dos universos religiosos
Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, el mundo religioso mesoamericano se encontró con el cristianismo europeo. Fue un proceso complejo, lleno de tensiones, resistencias y también de adaptaciones culturales.
En ese contexto surgió una de las figuras religiosas más influyentes de la historia mexicana: la Virgen de Guadalupe.
Según la tradición, la aparición guadalupana ocurrió en 1531 en el cerro del Tepeyac, un lugar que ya tenía significado religioso en tiempos prehispánicos.
Diversos cronistas coloniales señalaron que en ese sitio existía previamente un santuario dedicado a Tonantzin.
Este dato ha llevado a muchos historiadores y antropólogos a reflexionar sobre el profundo proceso de sincretismo religioso que se produjo durante la colonización.
Para millones de indígenas, la figura de la Virgen podía entenderse como una continuidad simbólica de la antigua madre protectora.
La nueva religión cristiana se fusionó, en muchos aspectos, con imaginarios espirituales anteriores.
Una figura que unió culturas
La Virgen de Guadalupe no fue solamente una figura religiosa. Con el paso de los siglos se convirtió en un símbolo cultural y político que trascendió el ámbito estrictamente espiritual.
Durante la guerra de Independencia, el estandarte de Miguel Hidalgo y Costilla llevaba la imagen guadalupana. Desde entonces, la Virgen ha sido interpretada como símbolo de identidad nacional, de protección y de unidad cultural.
Su imagen reúne elementos que dialogan con diferentes tradiciones. Para el cristianismo representa a María, madre de Jesús; para muchas sensibilidades culturales de origen indígena evoca también la antigua idea de la madre protectora del pueblo.
En ese sentido, la Virgen de Guadalupe puede entenderse como una figura que sintetiza siglos de historia religiosa: la tradición cristiana europea, la memoria espiritual indígena y la construcción cultural de México.
La persistencia de lo femenino sagrado
La larga historia de las diosas antiguas, las madres divinas y las figuras protectoras revela algo profundo sobre la experiencia humana. En muchas culturas, la vida, la fertilidad y la continuidad del mundo han sido imaginadas a través de símbolos femeninos.
Desde las figuras paleolíticas de la fertilidad hasta las diosas de las civilizaciones antiguas, y desde las divinidades mesoamericanas hasta la Virgen de Guadalupe, aparece una constante cultural: la idea de la madre que protege, alimenta y da vida.
Más allá de las transformaciones religiosas y de los cambios históricos, esa imagen ha sobrevivido durante milenios en la memoria simbólica de las sociedades.
Quizá por eso la figura de la madre —humana o divina— continúa ocupando un lugar central en muchas tradiciones espirituales. En ella se concentran ideas profundas sobre la vida, la naturaleza y la continuidad de la comunidad.
La historia de lo femenino sagrado, en realidad, es también una forma de mirar la historia de la humanidad: una historia en la que la maternidad, la tierra y la vida han sido, desde tiempos muy antiguos, parte del mismo misterio.
Es cuanto.
Autor
Luis Enrique Sánchez Fernández
Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.
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