Desastre en Nepal y el Tíbet
Pedro Lara Hernández
“Desde el espacio se puede observar cómo la humanidad ha transformado la Tierra. Casi toda la tierra disponible ha sido deforestada y ahora se utiliza para la agricultura o el desarrollo urbano. Los casquetes polares se están reduciendo y las zonas desérticas aumentan. Todo esto evidencia que la explotación humana del planeta está llegando a un límite crítico. No podemos seguir contaminando la atmósfera, envenenando los océanos y agotando la tierra.”
Stephen Hawking, físico y escritor británico.
La catástrofe ocurrida el 26 de agosto en la región fronteriza entre Nepal y el Tíbet constituye una nueva y dolorosa advertencia sobre los riesgos ambientales que enfrenta la humanidad. También demuestra la enorme vulnerabilidad de las comunidades asentadas en las altas montañas y en las riberas de los grandes sistemas fluviales.
De acuerdo con la información preliminar, una enorme masa de hielo y roca se desprendió en las montañas del Himalaya y cayó violentamente sobre uno de los cauces de la región. El impacto bloqueó temporalmente el río y formó una presa natural que, al ceder, liberó una gigantesca corriente de agua, lodo, hielo pulverizado, rocas y escombros. La avalancha descendió a gran velocidad por los estrechos valles y produjo una señal sísmica equivalente a un movimiento de magnitud 5.2.
La inundación afectó principalmente las cuencas de los ríos Lhende Khola, Bhote Koshi y Trishuli. Su fuerza destructiva alcanzó poblaciones de los distritos nepaleses de Rasuwa y Nuwakot, otras localidades situadas río abajo y diversas comunidades del territorio tibetano.
En cuestión de minutos, la corriente arrasó viviendas, escuelas, mercados, edificios públicos, caminos, puentes, puestos fronterizos y centrales hidroeléctricas. Pueblos enteros quedaron cubiertos por una espesa capa de lodo; amplios tramos carreteros fueron destruidos y numerosas comunidades quedaron incomunicadas.
Las cifras de víctimas continúan cambiando conforme avanzan las labores de búsqueda. Los reportes difundidos hablan de cientos de personas fallecidas y de más de mil desaparecidas, entre ellas habitantes de la región, trabajadores, turistas y peregrinos extranjeros. Al tratarse de una emergencia todavía en desarrollo, no existe un balance definitivo.
La compleja geografía del Himalaya, caracterizada por valles estrechos, pendientes abruptas y caminos de difícil acceso, obstaculiza las operaciones de rescate. Integrantes del Ejército, la policía y los servicios de emergencia trabajan con helicópteros y equipos especializados para localizar supervivientes, recuperar cuerpos, evacuar a las familias en peligro y llevar agua, alimentos y medicamentos a las poblaciones aisladas.
Las pérdidas no son únicamente humanas y materiales. Muchas familias de la región dependen del turismo, las peregrinaciones religiosas, el comercio fronterizo, la agricultura y la generación de energía hidroeléctrica. El desastre afecta sus fuentes de empleo, las comunicaciones, el abastecimiento de alimentos y las posibilidades de recuperación económica.
Aunque todavía se investigan las causas de la catástrofe, diversos científicos advierten que el calentamiento global favorece las condiciones que originan esta clase de fenómenos extremos.
El aumento de las temperaturas acelera el derretimiento de los glaciares y del suelo permanentemente congelado, conocido como permafrost. También altera los ciclos naturales de congelamiento y deshielo, debilita las laderas y facilita el desprendimiento de grandes masas de hielo y roca.
Los especialistas aclaran que no debe atribuirse automáticamente un desastre particular a una sola causa. No obstante, existen evidencias de que el cambio climático incrementa la inestabilidad de las regiones de alta montaña y aumenta las probabilidades de avalanchas, deslizamientos e inundaciones repentinas.
A este peligro debe agregarse la creciente presencia humana en zonas de alto riesgo. La construcción de carreteras, centrales hidroeléctricas, hoteles, instalaciones turísticas y asentamientos en valles estrechos expone a un mayor número de personas e infraestructuras ante fenómenos naturales de gran magnitud.
El riesgo no se limita al Himalaya. La Alta Montaña de Asia, que comprende el Hindu Kush, el Himalaya, el Karakórum y la meseta tibetana, concentra la mayor población expuesta. Millones de personas habitan cerca de glaciares y lagos potencialmente inestables.
En los Andes, especialmente en Perú, también existe una larga historia de tragedias. La inundación de Huaraz de 1941 causó miles de muertes, mientras que el desastre de Yungay de 1970, provocado por un terremoto que movilizó una enorme masa de hielo y roca, sepultó prácticamente toda la ciudad. Los Alpes europeos, Alaska, el Cáucaso y otras regiones donde retroceden los glaciares enfrentan peligros semejantes.
Se estima que alrededor de 15 millones de personas en el mundo están expuestas a inundaciones ocasionadas por el desbordamiento de lagos glaciares. La mayor concentración se encuentra en las regiones montañosas de Asia, aunque la preocupación también crece en los Andes.
La tragedia de Nepal y el Tíbet no debe considerarse un acontecimiento lejano ni un episodio aislado. Es otra señal de que el cambio climático está modificando el comportamiento de los glaciares, las montañas, los ríos y los ecosistemas del planeta.
La humanidad ha desarrollado extraordinarios conocimientos científicos y tecnológicos, pero todavía no ha logrado establecer una relación equilibrada con la naturaleza. Continuamos destruyendo bosques, contaminando ríos y océanos, emitiendo grandes cantidades de gases de efecto invernadero y ocupando territorios cuya fragilidad conocemos.
No basta con lamentar las tragedias después de que ocurren. Es indispensable fortalecer los sistemas de alerta temprana, vigilar los glaciares y lagos de montaña, regular los asentamientos humanos, mejorar la planeación de la infraestructura y preparar a las comunidades para responder oportunamente ante las emergencias.
Las naciones más industrializadas también deben asumir su responsabilidad histórica y aportar mayores recursos económicos, científicos y tecnológicos para proteger a los países que sufren con mayor intensidad las consecuencias del calentamiento global.
Nepal y el Tíbet enfrentan una emergencia humanitaria que exige solidaridad internacional y cooperación efectiva. Pero esta catástrofe contiene, además, una lección universal: cuando la naturaleza pierde su equilibrio, ninguna frontera política, ningún poder económico y ninguna sociedad pueden considerarse completamente seguros.
Lo ocurrido en el Himalaya no es únicamente una tragedia de Nepal y el Tíbet. Es una dolorosa advertencia dirigida a todos los habitantes de la Tierra.
Autor
Pedro Lara Hernández
Estudió Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM. Diplomado en Política Gubernamental. Diplomado en Administración y Decisiones Financieras. Maestría en Ingeniería Económica Financiera. Ha colaborado en diferentes áreas en la administración pública federal y en los estados de Tabasco y Veracruz. Periodista y analista de la realidad política y económica de México.
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