El patriarcado: una invención reciente en la historia humana
Luis Enrique Sánchez Fernández
Segunda entrega
En la reflexión histórica solemos pensar que el predominio masculino ha existido siempre. El padre como jefe de familia, el hombre como autoridad política, el varón como dueño de la propiedad. Ese modelo aparece tan arraigado en muchas sociedades que pareciera formar parte de la naturaleza humana.
Sin embargo, cuando se observa la historia en una escala más amplia, aparece una conclusión sorprendente: el patriarcado es relativamente reciente.
La especie humana tiene alrededor de 300 mil años de existencia. Durante la mayor parte de ese tiempo, los seres humanos vivieron en pequeños grupos de cazadores y recolectores. No había ciudades, ni Estados, ni grandes acumulaciones de riqueza. La vida se organizaba alrededor de la cooperación del grupo y de la supervivencia cotidiana.
En ese mundo antiguo, la organización social era mucho más flexible que en las sociedades posteriores. La autoridad no estaba concentrada en instituciones permanentes y la división de funciones entre hombres y mujeres respondía más a necesidades prácticas que a jerarquías rígidas.
La maternidad, la crianza y la obtención de alimentos mediante la recolección colocaban a las mujeres en un lugar central dentro de la vida comunitaria.
La gran transformación comenzó hace unos diez mil años, con el surgimiento de la agricultura. El cultivo de la tierra permitió producir excedentes de alimentos, y esos excedentes generaron algo nuevo en la historia humana: la acumulación de riqueza. La tierra, los animales y las cosechas comenzaron a considerarse bienes que podían poseerse y heredarse.
A partir de ese momento surgió una preocupación fundamental: ¿quién heredará esos bienes?
Para asegurar la transmisión de la propiedad, muchas sociedades comenzaron a reforzar el control masculino sobre la familia. La paternidad debía quedar clara para garantizar que la riqueza pasara a los descendientes “legítimos”. De esta manera, la organización familiar empezó a girar cada vez más alrededor del padre.
Este proceso coincidió con otras transformaciones profundas. Las comunidades agrícolas crecieron, aparecieron conflictos por el control del territorio y surgieron ejércitos organizados. La guerra se convirtió en una actividad central de muchas sociedades antiguas, y el poder militar fortaleció el liderazgo masculino.
Con el tiempo aparecieron las primeras grandes civilizaciones y los primeros Estados. Las leyes, las religiones y las instituciones políticas comenzaron a consolidar esa nueva estructura social. En muchas culturas antiguas, las normas jurídicas definieron explícitamente la autoridad del padre sobre la familia.
En Mesopotamia, por ejemplo, los códigos legales establecieron la supremacía masculina dentro del hogar. En la Grecia Antigua, la ciudadanía plena estaba reservada a los hombres libres, mientras que las mujeres quedaban excluidas de la vida política. En la Roma Antigua, el pater familias tenía autoridad legal sobre todos los miembros de su casa.
Así se fue configurando, a lo largo de los milenios, el sistema que hoy conocemos como patriarcado: un orden social donde el poder económico, político y familiar se concentra en manos masculinas.
Pero cuando se observa el conjunto de la historia humana, este sistema ocupa apenas una pequeña fracción del tiempo. Si la existencia de nuestra especie fuera un día completo de 24 horas, el patriarcado habría surgido apenas en los últimos minutos de la jornada.
Esta perspectiva histórica cambia la forma de entender muchas discusiones contemporáneas. Si el predominio masculino no ha existido siempre, entonces no es una condición inevitable de la humanidad. Es el resultado de procesos históricos específicos: la agricultura, la propiedad, la guerra, la formación del Estado y ciertas tradiciones religiosas.
Comprender esto no significa negar las diferencias entre hombres y mujeres ni simplificar la complejidad de la historia. Significa reconocer que las formas de organización social cambian con el tiempo y que las relaciones entre los géneros también han evolucionado.
La historia, al final, ofrece una lección sencilla pero poderosa: las sociedades humanas no son inmutables. Aquello que hoy parece natural o permanente suele ser, en realidad, el resultado de transformaciones profundas que ocurrieron en momentos determinados.
El patriarcado, como tantas otras estructuras sociales, tuvo un origen histórico. Y lo que tiene un origen en la historia también puede transformarse con el paso del tiempo.
Es cuanto.
Autor
Luis Enrique Sánchez Fernández
Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.
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