Domingo, octubre 11, 2026

1 octubre, 2026

Pedro Lara Hernández

El sentido de la vida


Pedro Lara Hernández

“Somos como mariposas que vuelan durante un día,
pensando que lo harán para siempre.”
Carl Sagan, divulgador científico


Desde mis años mozos, cuando ingresé a mi querida Facultad de Ciencias Políticas para estudiar la licenciatura en Ciencias Políticas y Administración Pública —de la que siempre me he sentido profundamente orgulloso—, adopté una forma de entender la vida estrechamente vinculada con todo aquello que representa un beneficio para la sociedad.


Desde entonces, me comprometí con la idea de intentar ser como aquellos hombres y mujeres que dedican su existencia a ayudar a sus semejantes; a quienes ponen sus conocimientos, su esfuerzo y su tiempo al servicio de los demás, particularmente de quienes más lo necesitan.


De los compañeros con quienes tuve el privilegio de compartir aquellos años, a algunos les apasionó más la práctica y la operatividad política; a otros nos atrajo con mayor intensidad la teoría, el pensamiento y el análisis. Pero, en el fondo, siempre existió una coincidencia esencial: la convicción de que el conocimiento y la política deben tener como propósito fundamental servir a la sociedad y procurar mejores condiciones para quienes forman parte de ella.


Dicen quienes saben de estas cosas que en la vida no existen las casualidades, sino las causalidades. Tal vez cada uno de nosotros sigue un camino que, de alguna manera, ha sido trazado por el Gran Arquitecto del Universo, por el Hacedor de todas las cosas que existen. Y en ese extraordinario camino hemos tenido la fortuna de encontrarnos con otras personas que, como nosotros, realizan este maravilloso viaje interestelar a bordo de nuestra casa común: el planeta Tierra.


Los seres humanos no conocemos con certeza dónde comienza ni dónde termina este viaje. Solo sabemos que vivimos en un universo en permanente transformación y que todo cuanto nos rodea está sujeto al cambio.


Nuestro cuerpo, ese maravilloso instrumento que nos ha sido prestado para vivir, tiene un principio y tendrá un final. Nuestro aliento de vida es temporal; pero la materia que nos constituye continúa su curso en el interminable ciclo de transformación del universo.


La vida es un privilegio extraordinario. Algunos saben aprovecharla intensamente y encuentran en ella más momentos de felicidad que otros. Hay quienes viven muchos años y quienes permanecen entre nosotros durante un tiempo mucho más breve. Pero quizá la verdadera dimensión de una vida no se encuentre solamente en los años vividos, sino en lo que hicimos con ellos, en las personas que ayudamos y en la huella que dejamos en nuestro paso por este mundo.


Quienes han dedicado su vida a estudiar el universo nos han enseñado que muchos de los elementos que forman nuestro cuerpo fueron creados en el interior de las estrellas. Somos, literalmente, parte de la historia del cosmos; polvo de estrellas que, después de millones de años de transformaciones, llegó a convertirse en vida consciente.


Carl Sagan nos lo recuerda con una de las ideas más hermosas de la divulgación científica: el nitrógeno de nuestro ADN, el calcio de nuestros dientes, el hierro de nuestra sangre y el carbono que forma parte de nuestros cuerpos tuvieron su origen en el interior de las estrellas.


Somos, por tanto, materia del universo que por un breve instante ha adquirido conciencia de sí misma.


Y Sagan también nos dejó una profunda reflexión sobre nuestra singularidad: cada ser humano es una verdadera preciosidad desde la perspectiva cósmica. En un universo de dimensiones inimaginables, cada uno de nosotros es único e irrepetible.


Por eso debemos aprender a respetarnos, aun cuando pensemos diferente. En la inmensidad del universo no encontraremos otro ser humano exactamente igual a nosotros. Cada persona tiene su propia historia, sus propias experiencias, sus propias ideas y su particular manera de mirar el mundo.


Quizá ese sea uno de los grandes sentidos de la vida: aprender, amar, compartir, servir y dejar algo bueno en el camino que nos ha correspondido recorrer.


Al final, todos somos pasajeros de este extraordinario viaje. No sabemos cuánto tiempo permaneceremos a bordo, pero sí podemos decidir qué hacer con el tiempo que se nos ha concedido.


Por eso, mientras tengamos vida, vale la pena seguir aprendiendo; mientras tengamos fuerzas, seguir ayudando; mientras tengamos voz, defender aquello en lo que creemos; y mientras podamos caminar, hacerlo junto a nuestros semejantes.


Gracias, Dios, por permitirnos realizar este maravilloso viaje.


Gracias por la vida, por la oportunidad de conocer, de aprender, de amar y de servir.


Y gracias por permitirnos contemplar, aunque sea por un instante, la inmensidad del universo del que todos formamos parte.

Autor

Pedro Lara Hernández

Estudió Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM. Diplomado en Política Gubernamental. Diplomado en Administración y Decisiones Financieras. Maestría en Ingeniería Económica Financiera. Ha colaborado en diferentes áreas en la administración pública federal y en los estados de Tabasco y Veracruz. Periodista y analista de la realidad política y económica de México.

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