Domingo, julio 19, 2026

17 junio, 2026

Luis Enrique Sánchez Díaz

La borrachera era lo de menos

Por Luis Enrique Sánchez Díaz

El caso de la hocicona de Cholula no importa por la borrachera. Eso es lo anecdótico, lo que se vuelve meme, lo que entretiene a la grada digital.

Importa por lo que dijo cuando sintió que la ley le rozaba el cuerpo.

Ahí apareció el verdadero país.

No el país del civismo, ni el del Estado de derecho, ni el de los cursos de ética pública con coffee break. Apareció el México real: el de “no sabes con quién te metes”, el de “conozco gente”, el de “te vas a arrepentir”, el de “yo salgo de esta”.

La señora no descubrió la impunidad. Nomás la habló en voz alta.

Y ése es el punto.

En México, mucha gente no teme violar la regla. Teme no tener padrino cuando la alcanza la consecuencia.

La hocicona de Cholula activó, en cuestión de segundos, todo el repertorio de la cultura política informal: dinero, amenaza, contactos, supuestos vínculos, apellido, grito, victimización y después reacomodo narrativo. Manual completo. Sin diplomado. Sin consultor. Puro instinto de clase.

Lo grave no es que haya hablado de más. Lo grave es que habló desde un sentido común muy extendido: la idea de que la ley es para los que no tienen a quién llamar.

Ahí está la radiografía.

Porque cuando alguien invoca al crimen organizado – aunque sea mentira, aunque sea bravata, aunque sea teatro de borrachera – está usando el miedo como capital simbólico. No necesariamente está confesando pertenencia. Está intentando producir obediencia. Quiere que el otro dude. Que el policía se achique. Que la autoridad calcule. Que la escena cambie de dueño.

Eso ya es poder.

O, mejor dicho, eso es la caricatura del poder en un país donde las instituciones todavía compiten contra la palanca, el miedo y el “yo conozco”.

Por eso el caso no debe leerse como nota roja. Es comunicación política pura.

Una mujer detenida, policías exhibidos, menores expuestos, videos circulando, redes juzgando, políticos oliendo sangre y una autoridad obligada a explicar lo que hizo. En unas horas, un incidente local se volvió disputa por el sentido común.

¿Quién era la víctima?
¿Quién era el abusivo?
¿Quién tenía derecho a indignarse?
¿Quién se estaba colgando del tema?
¿Quién quería convertir una detención en bandera?

Así se construyen las crisis hoy: no por la dimensión original del hecho, sino por la velocidad con la que todos intentan apropiarse del relato.

Desde el gobierno, el error sería comprar una narrativa completa. Ni santificar a la detenida ni absolver automáticamente a la autoridad. Una policía no se legitima porque la persona detenida caiga mal. Se legitima si actúa conforme a protocolo. Punto.

Pero tampoco hay que hacerse tontos.

Hay una prepotencia social que se disfraza de agravio cuando pierde el control. Hay sectores que aman la ley mientras no se les aplique. Hay una Puebla que se persigna en público y amenaza en privado. Que pide orden, pero exige excepción. Que habla de valores, pero en cuanto puede saca el contacto, el abogado, el compadre, el operador, el apellido o el fantasma.

Cholula fue apenas el escenario.

El fondo es otro: la desigualdad ante la consecuencia.

Hay quienes enfrentan al Estado solos. Y hay quienes llegan envueltos en nombres, dinero, relaciones y amenazas. Esa es una de las formas más finas de la desigualdad mexicana: no todos tienen el mismo acceso a la excepción.

La hocicona de Cholula habló de más, sí.

Pero tal vez por eso mismo dijo la verdad.

No la verdad jurídica del expediente. Esa le toca a la autoridad. Dijo una verdad política más incómoda: que en México el poder informal sigue teniendo mejor reputación que la ley.

Y mientras eso sea cierto, cualquier borrachera puede convertirse en diagnóstico nacional.


Semblanza del autor

Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor investigador universitario y consultor en comunicación política, gobernanza digital, análisis estratégico e inteligencia pública. Su trabajo cruza ciencia política, administración pública, big data, estudio del discurso y disputa por el sentido común. Escribe desde una mirada crítica sobre poder, instituciones, narrativa pública, crisis de comunicación y cultura política mexicana. Sus columnas combinan análisis académico, observación de coyuntura y un estilo ensayístico directo, irónico y político.

Autor

Luis Enrique Sánchez Díaz

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