La izquierda y el incienso
En Puebla, el poder no siempre grita; a veces se sienta a comer.
Por Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz

Puebla tiene una forma muy antigua de decir las cosas sin decirlas. Aquí el poder no siempre se anuncia: se acomoda. Se saluda. Se sienta. Se mide en una mesa, en una banca reservada, en una fotografía donde nadie parece posar y todos saben exactamente para qué están ahí.
Por eso la comida posterior a la eucaristía por los cincuenta años de vida sacerdotal de don Víctor Sánchez Espinosa no fue sólo una convivencia religiosa. Fue una escena política. Discreta, elegante, poblana. Y en Puebla lo discreto suele ser más elocuente que lo estridente.
La ciudad carga, desde hace siglos, con fama de mocha. No es una acusación nueva ni necesariamente injusta. Puebla ha sido campana, sacristía, apellido, misa solemne, procesión, banca familiar y respeto casi coreográfico a las jerarquías. Pero reducirla a eso sería entenderla mal. Puebla también ha sido liberal, anticlerical, universitaria, mordaz, jacobina de sobremesa, descreída por temperamento y venenosa con una sonrisa impecable.
Puebla reza, pero sospecha. Se persigna, pero observa. Va a misa, pero no deja de mirar quién llegó, quién faltó, quién fue sentado cerca y quién tuvo que practicar la humildad desde una mesa más lejana.
Ahí está su política profunda: no en el grito, sino en la ubicación.
La eucaristía tuvo, desde luego, el sentido espiritual del homenaje. Medio siglo de vida sacerdotal no se improvisa. En tiempos de convicciones portátiles, una vocación sostenida durante cincuenta años obliga, al menos, al respeto. La presencia del nuncio apostólico, de obispos auxiliares y de la estructura eclesial poblana confirmó que no se trataba de una celebración menor, sino de un acto mayor dentro de la vida católica de Puebla.
Pero en Puebla las ceremonias rara vez terminan cuando termina la misa. A veces ahí empieza la lectura fina.
La presencia del gobernador Alejandro Armenta en la comida posterior tiene, por eso, un significado que conviene no desperdiciar. No porque un gobernador asista a un acto religioso; eso, en Puebla, casi forma parte del manual invisible del cargo. Lo interesante es que Armenta gobierna desde un partido de izquierda, o por lo menos desde la izquierda realmente existente en el poder mexicano: esa que en campaña habla contra los viejos poderes, pero al gobernar descubre que los viejos poderes no se evaporan. Se sientan a la mesa.
La imagen tiene filo: un gobernador de izquierda acompañando a una de las figuras más representativas de la Iglesia poblana. La transformación junto a la tradición. El voto popular frente a la memoria institucional. El poder sexenal dialogando con una institución que mide el tiempo en décadas, y a veces en siglos.
No hay que leerlo con escándalo. Tampoco con ingenuidad. El Estado debe ser laico y esa frontera no se negocia. La ley no se escribe desde el púlpito y la política pública no puede oler a incienso. Pero la laicidad no exige ceguera sociológica. Gobernar Puebla implica entender que la Iglesia no es sólo una institución religiosa; es una red de símbolos, arraigo, legitimidad social, presencia territorial y memoria colectiva.
La izquierda que no entiende eso confunde anticlericalismo ornamental con estrategia política. Y la derecha que cree que la fe le pertenece como patrimonio familiar tampoco entiende demasiado. Puebla es más compleja que sus dueños imaginarios.
Armenta, al acudir, no dejó de ser un gobernador de izquierda. Hizo algo más útil: leyó Puebla. Y leer Puebla implica aceptar que la legitimidad local tiene varias capas. Una la dan las urnas. Otra la dan los símbolos. Otra la da la pertenencia. Otra, quizá la más silenciosa, la otorga esa sociedad que no grita, pero toma nota con una disciplina casi notarial.
La comida no fue un pacto oscuro. Eso sería una lectura vulgar. Fue algo más fino: una coreografía de reconocimiento. La Iglesia reconocía una trayectoria sacerdotal; el gobierno reconocía una institución con peso real; la clase política reconocía una escena que convenía habitar; y la ciudad, como siempre, reconocía quién entendió el mensaje.
Ahí está la paradoja poblana: invitaciones con código QR y gramática de mesa principal. Gobierno de izquierda y liturgia social conservadora. Discurso de transformación y protocolo de vieja ciudad católica. Modernidad en la entrada; tradición en el acomodo.
Puebla cambia, claro. Pero cambia sin dejar de ser Puebla.
Una comida no resuelve la inseguridad, no mejora el transporte, no limpia la corrupción ni arregla los servicios públicos. Pero negar su significado sería una torpeza. Las ciudades no se gobiernan sólo con presupuesto. También se gobiernan con símbolos. Y quien no entiende los símbolos termina administrando cifras mientras otros administran lealtades.
La celebración de los cincuenta años sacerdotales de Víctor Sánchez Espinosa dejó una postal precisa: en Puebla, el poder puede cambiar de partido, pero no necesariamente de liturgia.
Y todavía hoy, para entender quién pesa, quién lee bien la ciudad y quién sabe moverse en ella, conviene mirar no sólo quién sube al templete.
También quién se sienta a la mesa. Y cerca de quién.
Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor-investigador universitario en la Facultad de Administración de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, consultor en negocios, administración pública, comunicación política, inteligencia artificial y análisis de datos aplicados a la toma de decisiones. Su trabajo cruza la investigación académica con la lectura crítica de la vida pública: poder, instituciones, discurso, tecnologías emergentes, gobernanza digital, educación superior y cultura política.
A lo largo de más de dos décadas de experiencia en educación superior, ha impartido cursos y seminarios relacionados con metodología de la investigación, administración pública, pensamiento crítico, análisis político, comunicación estratégica, inteligencia artificial aplicada y procesos de toma de decisiones. También ha acompañado proyectos de diagnóstico institucional, análisis de contexto, diseño de argumentos públicos, producción editorial y uso estratégico de IA y Big Data para comprender problemas sociales, políticos y organizacionales.
Como columnista y ensayista, escribe desde una mirada crítica, irónica y reflexiva sobre los vínculos entre poder, sociedad, tecnología y vida pública. Su estilo combina el análisis académico con una prosa accesible, pensada para lectores interesados en comprender lo que ocurre detrás de los discursos oficiales, las ceremonias públicas, los datos y las narrativas dominantes. Sus textos no buscan solamente opinar sobre la coyuntura, sino leer sus signos: qué revela, qué oculta, a quién beneficia y qué dice de la sociedad que la produce.
Sus líneas actuales de trabajo incluyen comunicación política, gobernanza algorítmica, inteligencia pública, análisis del discurso, políticas públicas, educación superior, apropiación social de la inteligencia artificial y disputa por el sentido común en contextos de alta exposición mediática. Desde esa perspectiva, acompaña a personas con cargos de responsabilidad a tomar mejores decisiones mediante el uso crítico de información, análisis estratégico, IA y Big Data.
Sitio web: luisenriquesan.blog | X: @luisenriquesan | Telegram: t.me/profesorluisenrique
Autor
Luis Enrique Sánchez Díaz
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