La uberización de la formación médica: ¿San Alejandro de Temu?
- Cuando la prisa nos arrebata lo que más importa
Por: Rubén Israel Gatica Gomez
Vivimos en la era del “pide y se te dará”. Un clic y la comida llegan en veinte minutos. Un deslizamiento y la cita están concertados. Un mensaje y la respuesta es instantánea. Pero, ¿qué pasa cuando trasladamos esa lógica al terreno de las emociones? ¿Qué ocurre cuando esperamos que el amor, la amistad, la satisfacción personal o la felicidad funcionen con la misma inmediatez que una aplicación de reparto? La respuesta, según la psicología contemporánea, es incómoda: nos estamos volviendo emocionalmente caprichosos, y ese capricho nos está costando la forma más profunda de bienestar.
El término “uberización” nació en el ámbito laboral para describir un modelo en el que las plataformas digitales gestionan trabajadores independientes mediante algoritmos, cuando trasladamos ese marco a las emociones, hablamos de algo tan cotidiano como peligroso: esperar que el bienestar emocional se entregue a domicilio, sin demora, sin fricción y sin esfuerzo. La gratificación instantánea, ese deseo de experimentar placer o satisfacción sin demora, se convierte entonces en el algoritmo invisible que gobierna nuestras decisiones afectivas. Y como todo algoritmo mal calibrado, tiende a optimizar lo que no debería.
El psicólogo Tomás Navarro lo resume sin rodeos: “Tenemos una epidemia de comodidad. Lo queremos todo tan rápido y fácil, y la vida no es así”. Navarro señala que la búsqueda constante de inmediatez está pasando factura al bienestar emocional, transformando la manera en que nos relacionamos, trabajamos y afrontamos los desafíos. “Ya no queremos construir una relación, tenemos tres a la vez. Ya no queremos leer, que nos hagan un vídeo rápido”, observa.
Un estudio complementario publicado en Biological Psychology (Pan et al., 2023) encontró que cuando se controlan las expectativas de recompensa, el simple hecho de esforzarse evoca respuestas neuronales similares a las que produce recibir una recompensa. Pero, ¿somos ahora caprichosos, sin importar la edad? La respuesta psicológica es matizada. No se trata de un defecto de carácter generacional, sino de un condicionamiento ambiental. La cultura de la inmediatez, con su exposición constante a notificaciones, reduce nuestra tolerancia a la espera y nuestra capacidad de concentración, y aumenta la ansiedad. La psicóloga Sherry Turkle (2011) describió este fenómeno como “estar juntos, pero solos”: la hiperconexión digital altera la forma en que nos relacionamos y nos percibimos a nosotros mismos, conectándonos constantemente pero a costa de la conversación real y la intimidad emocional.
Zygmunt Bauman (2007) lo llamó “modernidad líquida”: un contexto donde todo debe fluir, ser rápido y adaptable, y donde las relaciones, las emociones y hasta el pensamiento se vuelven transitorios. La inmediatez no solo acelera nuestra vida, sino que empobrece nuestra capacidad de esperar y profundizar, el capricho, entonces, no es una elección moral, es una respuesta adaptativa a un entorno que premia la velocidad y castiga la pausa, pero como toda adaptación, tiene un costo.
Hay una metáfora que la psicología ha estudiado con rigor: el “efecto IKEA”. Las personas están dispuestas a pagar más por productos que ensamblan ellas mismas que por productos terminados. No es irracional. Es profundamente humano. El valor de lo que construimos con nuestras manos —o con nuestro tiempo, nuestra atención, nuestra paciencia— es cualitativamente distinto al valor de lo que recibimos empaquetado.
Los hallazgos de Kraus et al. (2025) y Pan et al. (2023) no son solo datos curiosos de laboratorio. Son evidencia de que nuestro cerebro está diseñado para valorar el esfuerzo, no para evitarlo. La dopamina del logro esforzado es más sostenible y más significativa que la dopamina del placer inmediato.
La uberización también toca el quirófano: cuando la prisa se vuelve bisturí
La lógica de la inmediatez no se detiene en las aplicaciones de reparto ni en las relaciones afectivas. Hay un terreno donde sus consecuencias son literalmente vitales: la formación médica. Y ahí, la uberización de las emociones —ese “aprende rápido, hazlo ya, no hay tiempo para pensar”— se convierte en negligencia, en daño, en muerte. En Puebla, los números son escalofriantes.
Entre 2023 y 2025, se acumularon 259 carpetas de investigación por negligencia médica en Puebla. En 2025, el estado alcanzó su registro más alto de denuncias por negligencia médica: acumuló 23 investigaciones, casi el 92 por ciento más en comparación con las 12 denuncias de 2024. Al menos 10 muertes de pacientes y tres lesionados permanentes o con secuelas fueron las afectaciones que sufrieron las víctimas de negligencia médica en la entidad. Pero el dato más desolador no es el aumento de denuncias. Es la impunidad: de los 108 casos reportados tan solo en el último año, ninguno logró avanzar ante un juez.
La pregunta que planteaamos es incómoda pero necesaria: ¿por qué los jóvenes médicos llegan a este punto? La respuesta no es simple, pero la psicología y la pedagogía médica han documentado un proceso que debería alarmarnos. Los estudiantes de medicina inician la carrera con entusiasmo e idealismo, mostrándose sensibles al sufrimiento del paciente. Pero con el tiempo se inicia un proceso de “deshumanización” en el que el paciente pasa a ocupar un papel secundario. Un estudio que evaluó la empatía en estudiantes de medicina encontró que a mayor grado escolar existe menor habilidad para la toma de perspectiva, la atención compasiva y “situarse en el lugar del otro”.
¿Qué está ocurriendo en el camino? El ambiente hospitalario tiene una influencia enorme. La jerarquización marcada, la explotación, el incremento de la carga laboral, las responsabilidades mayores, la necesidad de desarrollar más habilidades y tener más conocimiento, el estrés… todo ello crea un ambiente hostil que puede influir negativamente en el nivel empático.
En Puebla, los datos de burnout en estudiantes de medicina confirman esta devastación. Investigaciones realizadas en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) documentan manifestaciones de burnout académico que deterioran la calidad de vida y la salud de los estudiantes. Un estudio en la UPAEP encontró que el síndrome de Burnout fue más frecuente en grupos piloto, predominando el género femenino con un 30.7% (n=8). Y en un estudio más amplio, se identificó que la depresión en mujeres de campus central alcanzó un 42.31%.
Aquí es donde la reflexión se vuelve más punzante. La formación médica ha absorbido la lógica de la uberización: se premia la velocidad sobre la profundidad, la apariencia de competencia sobre la competencia real, la productividad sobre la seguridad del paciente. Los estudiantes, presionados por aprender rápido, hacen las cosas mal. Y cuando se trata del cuidado de los seres humanos —en lo psicológico y en lo físico— nos escudamos en un “usted disculpe, todos podemos fallar”, en letreros que dicen “los lastimé, pero tengo mi playera de estoy aprendiendo”, en brazos con más piquetes que coladera de cocina.
El problema no es que los estudiantes cometan errores. El problema es que el sistema ha normalizado el error como parte del aprendizaje sin detenerse a preguntar: ¿a costa de quién? Un paciente no es un simulador. Una vena no es un campo de práctica. Una vida no es un requisito curricular.
Esta es la falsa humanidad médica: un discurso que se llena la boca con la palabra “vocación” y “servicio”, pero que en la práctica reduce al paciente a un objeto de aprendizaje, a un caso clínico, a una oportunidad para que el estudiante “agarre práctica”. La empatía se convierte en un lujo que no cabe en la guardia de 36 horas. La compasión se vuelve un obstáculo para la eficiencia. Y el paciente —el ser humano que sufre, que teme, que espera— se convierte en el medio, no en el fin. La deshumanización del acto clínico no es una anomalía, sino el síntoma de un orden que ha desplazado al paciente de sujeto moral a objeto de gestión.
Entonces, volvemos a la pregunta inicial: ¿es el Hospital de San Alejandro en Puebla una cuna de aprendices incompetentes, o es apenas un error de sistema ocasional, un accidente estadístico en una institución que, en lo general, funciona?, el nuevo Hospital de San Alejandro —hoy rebautizado como “Carmen Serdán”— prometía ser símbolo de modernidad, atención digna y un nuevo comienzo para la salud en Puebla. Se reinauguró tras ocho años de cierre por los sismos de 2017, con 180 camas, 37 consultorios y 9 quirófanos. Pero desde antes de abrir sus puertas, los derechohabientes ya denunciaban falta de atención, negligencia médica y carencia de insumos.
El 3 de septiembre de 2026, una familia poblana denunció que una mujer embarazada permaneció tres días internada en San Alejandro a la espera del nacimiento de su bebé, sin recibir la atención necesaria. La paciente comenzó a advertir que ya no percibía movimientos fetales. Sus familiares la retiraron del hospital por sus propios medios y la trasladaron a una clínica particular, donde los médicos habrían detectado sufrimiento fetal y determinado practicar una cesárea. “Ahí está mi paciente sufriendo, nadie le hace caso”, se escucha en el video que la familia grabó dentro del hospital. “Me voy a llevar a mi nuera porque no le han hecho nada aquí en San Alejandro”.
Si fuera un error ocasional, sería un caso aislado, un accidente desafortunado en una institución que, en lo general, cumple. Pero los testimonios se acumulan. La falta de insumos, la ausencia de personal, la saturación, la indiferencia ante el sufrimiento ajeno: todo ello configura un patrón, no una excepción. Y un patrón no es un accidente. Es una cultura.
Un hospital no se vuelve humano por tener un edificio nuevo, ni por colgar lonas que dicen “¡Bienvenidos al renacer de San Alejandro!”. La humanidad médica no se decreta. Se construye —o se destruye— en cada guardia, en cada expediente, en cada paciente que espera tres días sin que nadie le haga caso. Se construye cuando el sistema se detiene a preguntar si el estudiante está listo, si el hospital tiene lo necesario, si el paciente está siendo visto como un ser humano o como un caso clínico más.
La uberización de las emociones nos ha enseñado a pedir, a exigir, a esperar que todo llegue rápido. Pero en medicina, la rapidez sin preparación mata. La vida se va rápido, sí. Pero eso no es una razón para vivirla con prisa. En el quirófano, en la consulta, en la guardia, en la formación de quienes algún día tendrán una vida en sus manos, lo que más importa no llega con un clic. Llega con el tiempo que decidimos invertir en hacer las cosas bien. Y en San Alejandro, en Puebla, en México, ese tiempo sigue siendo, demasiadas veces, un lujo que nadie se puede permitir.
Así que la próxima vez que sientas la urgencia de pedir, de obtener, de resolver con un clic, detente un momento. Pregúntate: ¿quiero la gratificación rápida o quiero la satisfacción que se recuerda? ¿Quiero el postre del microondas o quiero el pastel que se hornea con tiempo, con cuidado, con amor?
La vida se va rápido, sí. Pero eso no es una razón para vivirla con prisa. Es una razón para elegir con cuidado aquello que merece nuestro tiempo, nuestro esfuerzo y nuestra paciencia. Porque lo que más llena no llega con un clic. Llega con el tiempo que decidimos invertir en construirlo.
Referencias
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Autor
Redacción PH
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