Domingo, julio 19, 2026

2 julio, 2026

Luis Enrique Sánchez Díaz

La universidad después de la universidad


La inteligencia artificial no mató a la universidad: sólo hizo visible que el modelo ya venía agotado.

Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz

La universidad, tal como aprendimos a respetarla, ya no existe. O, para decirlo con menos solemnidad y más puntería: sigue ahí, con sus edificios, sus sellos, sus ceremonias, sus comités, sus formatos en PDF y sus discursos sobre la excelencia; pero el pacto histórico que la sostuvo durante más de medio siglo se está viniendo abajo.

No es que mañana vayan a cerrar los campus ni que los rectores devuelvan sus medallas ni que los estudiantes dejen de tomarse la foto con toga. Las instituciones rara vez mueren así, con acta de defunción y música de fondo. Mueren de otro modo: conservan el ritual, pero pierden el sentido. Siguen funcionando, pero cada vez se vuelve más difícil explicar para qué funcionan.

Clark Kerr llamó “multiversidad” a esa criatura moderna que dejó de ser monasterio del saber para convertirse en ciudad administrativa del conocimiento: un lugar donde convivían la investigación científica, la formación profesional, la emisión de títulos, el rito juvenil de maduración, la reproducción de élites técnicas y, por supuesto, la promesa —muy del siglo XX— de que estudiar era subirse a la escalera mecánica del progreso. Durante décadas funcionó. No siempre bien, no siempre para todos, no siempre con justicia, pero funcionó lo suficiente como para que creyéramos que el modelo era eterno.

No lo era.

La crisis venía de lejos. Matrículas impagables, deuda estudiantil convertida en biografía, profesores precarizados sosteniendo con contratos miserables la retórica de la excelencia, universidades cada vez más obsesionadas con rankings, acreditaciones y productividad medible, y una formación profesional vendida como pasaporte a un mercado laboral que ya no garantiza casi nada. La universidad prometía ciudadanía ilustrada y terminó vendiendo empleabilidad con PowerPoint.

Y entonces llegó la inteligencia artificial.

No llegó como causa única, ni como rayo metafísico, ni como villano de película. Llegó más bien como ese invitado incómodo que prende la luz cuando todos fingían que la fiesta seguía. De pronto, el alumno puede producir un ensayo en minutos; el profesor ya no sabe si lee una reflexión, una simulación razonable de reflexión o una mezcla de ambas; y cualquier estudiante con conexión a internet puede tener un tutor artificial paciente, disponible, inagotable y menos humillante que muchos seminarios mal llevados.

La clase magistral, el trabajo escrito, la tarea repetitiva y aun el título como certificado de competencia empiezan a perder el aura. No porque desaparezcan de inmediato, sino porque la tecnología volvió visible su fragilidad. Lo que antes parecía formación muchas veces era rutina; lo que parecía evaluación era verificación burocrática; lo que parecía pensamiento era, en demasiados casos, obediencia bien redactada.

La inteligencia artificial no destruyó la universidad. La desnudó.

Y lo que aparece no siempre es hermoso: burocracia donde debía haber pensamiento, acreditación donde debía haber formación, productividad académica donde debía haber conversación intelectual, simulación de aprendizaje donde debía haber experiencia viva. La multiversidad se volvió una máquina demasiado grande para recordar qué quería formar.

Pero conviene no caer en el luto fácil. Que ese modelo se agote no significa que la educación se acabe. Al contrario: quizá por primera vez en mucho tiempo podamos separar funciones que la universidad amontonó como si fueran inseparables. La investigación de élite puede vivir en otros ecosistemas. La formación profesional puede volverse más flexible, más barata, más directa. La certificación puede transformarse. Y la educación profunda, esa que nunca cupo del todo en un plan de estudios, puede regresar a su forma más exigente: la conversación, la tutoría, el seminario pequeño, el encuentro con alguien que no sólo transmite información, sino que obliga a pensar.

El futuro de la universidad, si tiene futuro, no estará en competir con la IA para ver quién resume mejor un artículo, quién redacta más rápido un ensayo o quién memoriza más datos en menos tiempo. Esa batalla ya está perdida y, francamente, tampoco era tan gloriosa.

Lo que queda por enseñar es más difícil: construir confianza, formar criterio, desarrollar gusto, reconocer una idea mediocre aunque venga bien redactada, sostener una pregunta sin pedirle a una máquina que la conteste en quince segundos. Queda enseñar estilo, disciplina interior, juicio, carácter intelectual. Queda enseñar a fijarse metas propias en una época diseñada para distraernos de todas. Queda enseñar a pensar cuando pensar ya no es producir texto, sino resistir la comodidad de que otro —o algo— piense por nosotros.

La universidad puede morir como multiversidad burocrática y renacer como espacio formativo. Pero para eso tendrá que renunciar a varias de sus supersticiones: que todo aprendizaje se mide, que todo mérito se acredita, que todo pensamiento cabe en una rúbrica, que todo profesor es intercambiable y que toda innovación consiste en comprar una plataforma.

El desafío no es menor. Implica reconocer que la autoridad académica ya no puede descansar en el monopolio de la información, porque ese monopolio se acabó. Tampoco puede descansar únicamente en el título, porque el título, sin capacidad real, se vuelve pergamino decorativo. La autoridad tendrá que ganarse en otro terreno: en la calidad de las preguntas, en la claridad del método, en la finura del juicio, en la capacidad de acompañar a otro ser humano mientras aprende a no engañarse a sí mismo.

La inteligencia artificial viene a sustituir a la universidad en lo que la universidad hacía peor: repetir, ordenar, certificar, simular. Por eso el golpe es tan fuerte. Porque no ataca su ornamento, sino su coartada. Obliga a preguntar qué queda cuando desaparece la administración del conocimiento como espectáculo de legitimidad.

Y ahí, tal vez, empieza la verdadera educación. No la educación como trámite, ni como deuda, ni como fila ante una ventanilla, sino como una forma de vida intelectual. Una universidad menos segura de sí misma, menos enamorada de sus organigramas y más dispuesta a formar personas capaces de pensar con otros, contra sí mismas y frente a la máquina.

Después de la universidad, quizá todavía pueda venir la universidad.


Semblanza de autor

Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor investigador universitario y consultor en inteligencia artificial, Big Data y toma de decisiones estratégicas. Escribe sobre política, educación superior, tecnología e instituciones públicas desde una perspectiva crítica.

Sitio web: luisenriquesan.blog | X: @luisenriquesan | Telegram: t.me/profesorluisenrique

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Luis Enrique Sánchez Díaz

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