Lo nuevo de la IA
2026 el año en que la psicología podría reconocer oficialmente la desrealización digital.
Rubén Israel Gatica Gómez
En 2026, nos enfrentamos no solo a una revolución tecnológica, sino a una reconfiguración patológica de los límites psíquicos. La psicóloga clínica Dra. Sofia Rivas advierte: “Estamos documentando un aumento del 300% en casos de desintegración del filtro realidad-simulación en pacientes menores de 35 años. Sus mentes literalmente están perdiendo la capacidad neurocognitiva de demarcar lo orgánicamente vivido de lo digitalmente consumido”.
“El selfie psicológico del siglo XXI muestra una mente cada vez más incapaz de reconocer su propio reflejo en el espejo digital” — Dr. Kenneth Lee, “Neuroplasticidad en la Era Algorítmica”, 2026
Los síntomas de la desrealización digital incluyen:
- Confusión sensorial persistente entre estímulos físicos y digitales (39% de usuarios intensivos)
- Amnesia selectiva para experiencias no documentadas digitalmente
- Ansiedad anticipatoria ante interacciones no mediadas por tecnología
- Sensación de ‘vacío existencial’ post-desconexión
El Síndrome de Disonancia Identitaria Algorítmica
Nuestras identidades se han fracturado en múltiples yoes digitales adaptativos, cada uno optimizado para diferentes plataformas. El filósofo tecnológico Mikhail Volkov describe: “Hemos externalizado no solo nuestra memoria, sino nuestro proceso de construcción identitaria a sistemas que priorizan engagement sobre autenticidad”.
La neurocientífica Dra. Anika Chen presenta hallazgos alarmantes: “Las redes neuronales responsables de la vinculación social muestran patrones de activación aberrantes cuando la interacción humana es sustituida por respuestas de IA. Estamos reprogramando biológicamente nuestra capacidad para el vínculo auténtico”.
Nuestra habilidad para atribuir estados mentales a otros —fundamental para la empatía— se degrada cuando interactuamos mayormente con entidades que simulan pero no poseen consciencia. El resultado: una empatía superficial funcional que no sobrevive al conflicto o la complejidad real.
Proyectamos nuestras necesidades humanas más profundas —companía, validación, entendimiento— en espejos vacíos que solo devuelven eco algorítmico. La psicóloga existencial Dra. Laura Mendez observa: “Los pacientes lloran la pérdida de relaciones con IAs como si hubieran perdido seres humanos, evidenciando una confusión ontológica peligrosa“.
Adoptamos los valores del sistema que nos deshumaniza: eficiencia sobre profundidad, cantidad sobre calidad, optimización sobre autenticidad. Nos convertimos en cómplices de nuestra propia deshumanización.
La pregunta más urgente de 2026 no es “¿qué puede hacer la IA?” sino “¿qué debemos preservar de la mente humana antes de que olvidemos cómo se siente ser uno?”
Nuestra identidad se ha fracturado en múltiples versiones adaptativas —el yo profesional, el yo social, el yo informal. La terapia contemporánea enfrenta el desafío de integrar estos fragmentos digitales en una narrativa identitaria coherente.
Mi dilema identitario: Como escritor sobre psicología y sus impactos, en esta ocasión en la tecnología, vivo constantemente esta fractura. Mi yo crítico de los excesos digitales coexiste (a veces incómodamente) con mi yo usuario activo de estas mismas tecnologías. Lo que he encontrado útil no es eliminar una de estas facetas, sino crear un “espacio de integración” diario donde permito que estos diferentes aspectos de mí mismo coexistan sin tener que resolver sus contradicciones inmediatamente. La integración, estoy aprendiendo, no es lo mismo que la consistencia perfecta.
Quizás la intervención más preventiva y necesaria es la educación sobre cómo los entornos digitales están diseñados explícitamente para explotar vulnerabilidades psicológicas.
Mi aprendizaje más humilde: A pesar de investigar y escribir sobre diseño persuasivo, constantemente me descubro cayendo en sus trampas. Esta humillación recurrente me ha llevado a una conclusión importante: no se trata solo de conocer los mecanismos, sino de crear estructuras personales que compensen nuestras vulnerabilidades humanas. En mi caso, eso significa límites tecnológicos físicos (un cuarto sin dispositivos), rutinas que no dependen de la fuerza de voluntad y, sobre todo, compasión cuando inevitablemente caigo en las trampas que conozco teóricamente.
¿Podrás reconocer, en el espejo de 2026, a la persona humana que eras antes de que los algoritmos empezaran a curar tu propia experiencia de ser? La respuesta definirá no solo tu salud mental, sino el futuro de la conciencia humana.
La batalla no es contra la tecnología, sino por la soberanía psicológica. Cada momento de conexión auténtica, cada elección por la complejidad humana sobre la simplicidad algorítmica, cada defensa de los espacios no instrumentales de la mente, es un acto de resistencia existencial.
Mi compromiso continuo es este: seguir investigando, escribiendo y, lo más importante, practicando la reconexión humana en un mundo digital, incluyendo a los adultos mayores, no como un tecnófobo, sino como alguien que cree que podemos usar la tecnología sin dejar de usarnos a nosotros mismos. Los invito a hacer lo mismo, desde donde estén, con las herramientas que tengan. Nuestra humanidad compartida puede ser nuestro último algoritmo no hackeable, si decidimos mantenerla activa y consciente.
Del uso tecnológico en Adultos Mayores
El panorama de adopción tecnológica muestra marcadas diferencias según la cohorte generacional dentro de la población mayor. Los jóvenes-seniors (65-74 años) presentan un perfil digital intensivo, donde el 83% utiliza redes sociales a diario, el 71% realiza compras en línea de forma regular y el 62% maneja múltiples dispositivos simultáneamente, reflejando una integración profunda en la vida digital. Al avanzar a la franja de los seniors mayores (75-84 años), el patrón se modifica hacia un uso más funcional y asistido: el 64% emplea smartphones, aunque generalmente limitándose a funciones básicas, el 52% depende significativamente de asistentes de voz para operar tecnología, y el 41% requiere ayuda técnica con regularidad, evidenciando una mayor dependencia de soporte. Finalmente, en el grupo de los super-seniors (85 años o más), la relación con la tecnología se torna predominantemente mediada y adaptada: solo el 38% utiliza tabletas simplificadas, el 29% recurre a tecnología específicamente adaptada a sus capacidades, y un 22% depende por completo de sus cuidadores para cualquier interacción digital, marcando una frontera donde la autonomía tecnológica cede ante la necesidad de asistencia integral. Esta gradación ilustra claramente cómo la intensidad, autonomía y complejidad del uso digital decrecen progresivamente con la edad, configurando distintos niveles de dependencia y necesidad de apoyo.
¿Será por estas razones que admiro tanto a esta etapa de la vida?
Rubén Israel Gatica Gómez
Maestría en Psicología Organizacional en UPAEP, Ingeniero en Sistemas Computacionales por el Instituto Universitario Puebla. Consultor, conferencista y capacitador en el área de bienestar, tanatología, liderazgo y desarrollo de empresas familiares. Miembro de la Semiotic Society of America. Alumno distinguido en certificación EMDR (Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares. Facilitador de Mindfulness, Compasión y Comunicación No-Violenta (MICNV) por el Instituto de Ciencias para el Florecimiento Humano–Cultivo. Realizó una estancia internacional en Oklahoma State University en el área de logística, seguridad e higiene industrial (2011), y participó en el programa Faculty Led Study Abroad UJI: Organizaciones Saludables y Resilientes (2022) por la Universitat Jaume I de Castelló, España.
Actualmente consultor, conferencista y capacitador en el área de bienestar, tanatología, liderazgo y desarrollo para adultos mayores y personas con cáncer en fase crítica o terminal. Miembro de la Semiotic Society of America.
Autor
Redacción PH
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