Miercoles, enero 07, 2026

5 enero, 2026

Luis Enrique Sánchez Díaz

Monroe no se equivocó: la soberanía latinoamericana siempre fue condicional

Hay una trampa cómoda (muy latinoamericana, por cierto) que reaparece cada vez que Estados Unidos cruza una frontera ajena: decir que traicionó sus principios.
Como si hubiera habido, alguna vez, un momento fundacional limpio.
Como si la Doctrina Monroe hubiera nacido como una promesa moral y no como lo que fue desde el primer día: una declaración de perímetro.

Cuando James Monroe habló en 1823, no estaba pensando en soberanía, ni en autodeterminación, ni en pueblos libres tomando su destino en las manos. Eso vino después, cuando hubo que vender el paquete. Monroe estaba diciendo algo mucho más sencillo y mucho más brutal: este espacio es nuestro. Europa, afuera. América Latina, adentro… pero no como igual, sino como zona.

Desde entonces, la soberanía en este lado del mapa ha sido una cosa rara. Existe, sí. Se invoca. Se celebra en discursos solemnes. Se imprime en constituciones.
Pero siempre con un asterisco invisible.
Un “mientras tanto”.
Un “hasta nuevo aviso”.

Y no, no es hipocresía. Es diseño.

Durante décadas nos contaron que el problema eran los excesos: los golpes, las dictaduras, las intervenciones mal hechas, los errores de la Guerra Fría. Que lo malo fue cómo se aplicó Monroe, no Monroe en sí. Bonita explicación. Conmovedora. Falsa.

La verdad (la incómoda) es que América Latina no ha sido el lugar donde el derecho internacional fracasa, sino donde funciona exactamente como está pensado: de forma selectiva. Aquí la ley es flexible, la excepción es rutina y la fuerza siempre llega con un discurso debajo del brazo. Cambia el idioma, cambia el pretexto, cambia el uniforme. La lógica no.

Por eso lo ocurrido en Venezuela no es una ruptura. Es continuidad.
No es un delirio trumpista. Es una sinceridad trumpista, que no es lo mismo.

Cuando Donald Trump cita a Monroe (sin decirlo bonito, sin el barniz diplomático, sin fingir pudor) no está inventando nada. Está quitando la decoración. Está diciendo en voz alta lo que durante décadas se dijo en documentos clasificados, en cables, en reuniones cerradas, en frases como “intereses estratégicos” o “estabilidad regional”.

El hemisferio tiene dueño.
Y cuando el dueño siente que alguien se mueve de más, actúa.

Aquí es donde muchos se incomodan y empiezan a hablar de “excepciones”, de “momentos extraordinarios”, de “situaciones límite”. No.
En América Latina, la excepción es la norma.
La sorpresa es que todavía nos sorprenda.

Hemos vivido dos siglos dentro de un orden donde algunos Estados son soberanos por definición y otros lo son por tolerancia. Mientras no molesten. Mientras no desalineen. Mientras no se vuelvan ejemplo incómodo. Cuando eso pasa, la soberanía se vuelve opinable. Discutible. Reversible.

No importa si el gobierno en cuestión es de izquierda, de derecha o de lo que toque en la temporada. Esa discusión nos entretiene, nos divide, nos hace pelear entre nosotros (y funciona de maravilla), pero es secundaria. El punto no es ideológico. Es geopolítico. Y quien no lo quiera ver, seguirá creyendo que el problema es el personaje y no la estructura.

Lo verdaderamente grave no es que se viole el derecho internacional. Eso ha pasado siempre.
Lo grave es que ya ni siquiera se disimula.
Que la captura de un presidente pueda narrarse como trámite.
Que la invasión se explique como necesidad.
Que el lenguaje jurídico llegue después, a recoger los restos y darles forma de expediente.

Ahí está el mensaje. No solo para Venezuela. Para todos.

La Doctrina Monroe no murió.
Tampoco se deformó.
Simplemente dejó de fingir que era otra cosa.

Y quizá lo más incómodo (lo digo más con cansancio, que con grandilocuencia) es aceptar que buena parte de nuestra historia política se ha escrito dentro de ese marco, negociando migajas de soberanía, celebrando pequeñas autonomías como grandes conquistas, discutiendo entre nosotros mientras el perímetro nunca estuvo en duda.

No es una tragedia reciente.
Es una larga costumbre.

Y mientras sigamos llamando “exceso” a lo que es estructura,
seguiremos sorprendidos…
cada vez que el poder haga exactamente lo que siempre ha hecho.


🧾 Semblanza del autor

Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor-investigador universitario, analista político y columnista. Da clases, escribe después de clase y desconfía —por experiencia— de las explicaciones demasiado limpias sobre el poder. Su trabajo se mueve entre la ciencia política, la comunicación política y el análisis crítico de las estructuras que sostienen la desigualdad, la censura y la soberanía condicionada en América Latina.

Ha dedicado buena parte de su trayectoria a estudiar cómo operan el poder, el discurso y la legalidad cuando se invocan como justificación, no como límite. Escribe sin pretensión de neutralidad, pero con obsesión por la coherencia lógica y el contexto histórico. No busca convencer a todos; le interesa incomodar a quienes prefieren los lugares comunes.

Publica regularmente en su blog personal y en medios digitales, donde combina análisis estructural, ironía mexicana y una mirada formada en los pasillos universitarios, no en los manuales de autoayuda política.

📌 Blog: https://luisenriquesan.blog

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Autor

Luis Enrique Sánchez Díaz

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