Sábado, agosto 15, 2026

17 julio, 2026

Luis Enrique Sánchez Díaz

Propaganda negra digital: así se fabrican rumores, consensos y enemigos en las redes sociales

La propaganda negra digital busca ocultar al verdadero emisor y fabricar la apariencia de una conversación social espontánea.
  • La manipulación no siempre consiste en inventar un hecho: muchas veces falsifica quién habla, cuántas personas apoyan el mensaje y de dónde surgió la conversación.

Por Luis Enrique Sánchez Díaz

No toda campaña política que circula en internet muestra el rostro de quien la financia, la organiza o se beneficia de ella. Detrás de algunas denuncias anónimas, filtraciones sospechosas, páginas supuestamente ciudadanas y oleadas de indignación puede encontrarse una modalidad especialmente difícil de combatir: la propaganda negra digital.

Su característica principal no es necesariamente la mentira. Es el engaño sobre el origen del mensaje.

A diferencia de la propaganda abierta, en la que un partido, gobierno, empresa o candidato reconoce públicamente sus mensajes, la propaganda negra se presenta como si proviniera de alguien distinto. Puede aparentar ser la denuncia de un ciudadano, la confesión de un funcionario, la protesta de un colectivo social, el testimonio de un militante decepcionado o la investigación de un medio independiente.

La clave está en fabricar una identidad falsa para conseguir que el mensaje parezca espontáneo, creíble y ajeno a cualquier interés político.

Una mentira sostenida sobre una verdad

Las operaciones más eficaces no suelen inventar completamente un problema. Identifican una inconformidad que ya existe y la explotan.

Puede tratarse de una obra pública cuestionada, un funcionario impopular, una división dentro de un partido, una sospecha de corrupción, un conflicto social o un error de comunicación. Sobre ese terreno verdadero se coloca información incompleta, documentos sin procedencia, audios editados o interpretaciones deliberadamente engañosas.

Por eso resulta difícil desmentirlas.

Una mentira absoluta puede demostrarse con relativa facilidad. En cambio, una narración compuesta por datos ciertos, omisiones y conclusiones insinuadas obliga a explicar matices. Para cuando llega la aclaración, el contenido original posiblemente ya fue compartido miles de veces.

El objetivo no siempre es que la ciudadanía crea completamente una acusación. A veces basta con sembrar una duda: «Tal vez no sea cierto, pero algo debe haber».

De la cuenta anónima al debate público

La propaganda negra digital suele iniciar en espacios aparentemente marginales: una cuenta anónima, una página de reciente creación, un grupo cerrado o un portal desconocido.

Desde ahí se publica una captura, un audio, un supuesto documento interno o una denuncia atribuida a «fuentes cercanas». Después aparecen otras cuentas que comentan el material como si ya fuera una noticia confirmada.

Más tarde, algún portal reproduce la acusación con frases como «en redes sociales circula» o «usuarios denunciaron». Un creador de contenido se pregunta públicamente si será verdad y, finalmente, un actor político exige una explicación.

El rumor ha sido lavado.

Ya no parece provenir de una cuenta anónima, sino de una conversación social aparentemente espontánea. La procedencia original se diluye y el contenido comienza a circular como un asunto de interés público.

Fabricar la apariencia de mayoría

Otra de sus estrategias consiste en crear la sensación de que muchas personas piensan lo mismo.

Decenas de cuentas pueden publicar frases semejantes, repetir una etiqueta, contestar coordinadamente a un funcionario o llenar los comentarios de una noticia. Algunas podrían ser automatizadas; otras, administradas por personas; y muchas más pertenecer a usuarios reales que se incorporaron posteriormente a la conversación.

La intención es producir una ilusión de consenso.

El ciudadano común no tiene forma inmediata de saber si observa una inconformidad social auténtica o una operación organizada. Cuando encuentra cientos de comentarios similares puede concluir que existe una percepción generalizada, aunque buena parte de la conversación haya sido inducida artificialmente.

Este mecanismo también influye sobre periodistas, funcionarios y dirigentes políticos, quienes pueden confundir el volumen de publicaciones con el verdadero tamaño de una crisis.

Provocar al adversario también es parte de la operación

Una campaña de propaganda negra puede permanecer limitada hasta que el personaje atacado decide responder.

El desmentido institucional, la conferencia de prensa o la amenaza de presentar una denuncia pueden otorgar al rumor una visibilidad que antes no tenía. El adversario termina difundiendo aquello que pretendía combatir.

Además, la respuesta produce nuevos titulares: «Funcionario niega acusaciones», «Gobierno responde a señalamientos» o «Candidato rechaza supuesto documento».

Aunque la información sea falsa, el nombre del personaje ya quedó asociado con la acusación. En términos de comunicación, quien responde tarde o impulsivamente puede quedar atrapado en el marco narrativo diseñado por sus atacantes.

La propaganda negra no busca únicamente convencer

Existe una idea equivocada: pensar que toda propaganda pretende que el público acepte una versión específica.

En realidad, muchas campañas buscan algo distinto: destruir la confianza.

Pueden intentar dividir a un equipo político, generar sospechas entre aliados, enfrentar a funcionarios, desmovilizar simpatizantes, desprestigiar periodistas o saturar la conversación pública con versiones contradictorias.

Cuando aparecen cinco explicaciones diferentes sobre un mismo hecho, el ciudadano puede terminar sin creer en ninguna.

El éxito de la operación no consiste entonces en imponer una verdad falsa, sino en producir una sociedad incapaz de distinguir entre lo verdadero, lo probable y lo inventado.

Inteligencia artificial: más contenido, menor costo

La inteligencia artificial ha reducido considerablemente el costo de fabricar textos, imágenes, voces, fotografías, personajes y videos.

Hoy es posible crear perfiles con apariencia realista, redactar cientos de variaciones de un mismo mensaje y adaptar una acusación para distintos públicos. También pueden producirse audios falsos o videos manipulados con un nivel creciente de verosimilitud.

Sin embargo, no siempre se requieren tecnologías sofisticadas.

Una captura fuera de contexto, un video antiguo presentado como reciente o un fragmento auténtico cuidadosamente recortado pueden resultar más eficaces que un deepfake. La fuerza de la operación continúa dependiendo de que personas reales compartan, comenten y legitimen el contenido.

Las señales de alerta

No toda denuncia anónima es falsa ni toda movilización digital está financiada. Existen filtraciones auténticas, denunciantes legítimos y ciudadanos genuinamente inconformes.

Por ello, la detección no debe basarse en descalificar automáticamente cualquier crítica. Es necesario observar la procedencia del material y el comportamiento de las cuentas que lo difunden.

Algunas señales de alerta son:

— Documentos sin firma, folio, fecha o fuente verificable.

— Capturas de pantalla sin enlace al contenido original.

— Cuentas de reciente creación que aseguran tener información privilegiada.

— Decenas de perfiles publicando exactamente las mismas frases.

— Portales que se citan entre sí sin llegar a una fuente primaria.

— Imágenes o videos antiguos presentados como hechos recientes.

— Contenidos diseñados para provocar miedo, indignación o sensación de traición antes de que puedan verificarse.

— Supuestos militantes o simpatizantes cuya actividad se concentra exclusivamente en atacar a su propia organización.

La respuesta no debe ser censurar, sino verificar

Combatir la propaganda negra no significa impedir la crítica ni convertir a los gobiernos en árbitros de la verdad.

La respuesta responsable consiste en verificar documentos, conservar evidencias, revisar fechas, identificar la fuente primaria, analizar patrones de coordinación y ofrecer información pública de manera rápida y comprensible.

También exige que medios, instituciones y ciudadanos eviten reproducir acusaciones únicamente porque «están circulando en redes».

En internet, la viralidad no es una prueba de autenticidad. El número de publicaciones tampoco demuestra que exista una mayoría.

La propaganda negra digital funciona porque falsifica algo más poderoso que un dato: falsifica la espontaneidad. Hace parecer ciudadano lo que fue organizado, independiente lo que fue financiado y mayoritario lo que comenzó como una operación minoritaria.

Antes de compartir una acusación conviene formular tres preguntas básicas:

— ¿Quién publicó originalmente esta información?

— ¿Existe alguna evidencia que pueda verificarse?

— ¿Quién se beneficia de que reaccionemos inmediatamente?

En la política digital, descubrir quién habla suele ser tan importante como analizar lo que se está diciendo.


Semblanza del autor

Luis Enrique Sánchez Díaz es doctor en Administración Pública, profesor-investigador de la Facultad de Administración de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y columnista de Periodismo Hoy. Es consultor y conferencista en opinión pública, comunicación política, inteligencia artificial y big data. Su trabajo se centra en el análisis del poder, las instituciones públicas, la gobernanza digital y el uso estratégico de los datos para la toma de decisiones.

Autor

Luis Enrique Sánchez Díaz

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