Domingo, octubre 11, 2026

24 agosto, 2026

Luis Enrique Sánchez Fernández

Puebla crece, ¿pero quién se beneficia del crecimiento? 

Luis Enrique Sánchez Fernández 

Las cifras económicas pueden decir la verdad y, sin embargo, no contar toda la historia. 

Puebla tiene indicadores favorables. Hay crecimiento en actividades productivas, recuperación de empleos formales y anuncios de inversión. El gobierno estatal tiene razones para destacar esos resultados en su administración. 

Pero existe otra cifra. 

Una que obliga a mirar la economía poblana desde abajo. 

En el primer trimestre de 2026 había en Puebla alrededor de 3 millones 70 mil personas ocupadas. De ellas, 2 millones 176 mil 821 trabajaban en condiciones de informalidad. 

Es decir, aproximadamente siete de cada diez trabajadores poblanos. 

Entonces aparece una pregunta incómoda: 

Puebla puede crecer, pero ¿quién se está beneficiando de ese crecimiento? 

Crecer no necesariamente significa vivir mejor 

Durante muchos años hemos utilizado el crecimiento económico como sinónimo de bienestar. 

No son exactamente lo mismo. 

Una economía puede producir más bienes, aumentar sus exportaciones, atraer inversiones y desarrollar grandes proyectos industriales mientras una parte importante de su población continúa trabajando sin seguridad social, estabilidad laboral o protección institucional. 

Eso parece estar ocurriendo en Puebla. 

El gobierno estatal ha destacado avances en manufactura, construcción, comercio, exportaciones y actividad económica. Son datos positivos y sería absurdo negarlos. 

Pero también sería equivocado pensar que por sí mismos describen la situación económica de los poblanos. 

Porque detrás de los indicadores macroeconómicos están quienes venden en un mercado, manejan un taxi, trabajan por su cuenta, atienden pequeños comercios, laboran en el campo, construyen viviendas o sobreviven mediante actividades que difícilmente aparecen en las fotografías de las grandes inversiones. 

Ellos también son la economía poblana. 

Y son millones. 

La paradoja poblana 

El problema no consiste en que exista economía informal. 

Ha existido siempre. 

Lo preocupante es su dimensión. 

La informalidad laboral poblana se encuentra muy por encima del promedio nacional. Mientras en México la tasa rondaba el 55 por ciento durante 2026, en Puebla superaba el 70 por ciento. 

No estamos hablando, por tanto, de un fenómeno marginal. 

Estamos hablando de una característica estructural de nuestra economía. 

Y aquí surge una paradoja. 

Puebla posee una de las industrias automotrices más importantes del país, universidades, parques industriales, comercio, turismo, producción agropecuaria y una ubicación geográfica privilegiada entre el centro y el sureste mexicano. 

Sin embargo, la mayoría de sus trabajadores permanece fuera de la formalidad laboral. 

¿Cómo explicar esa contradicción? 

Quizá porque durante décadas confundimos industrialización con desarrollo. 

La llegada de una gran empresa genera empleos, proveedores, impuestos y actividad económica. Pero no necesariamente transforma por sí misma el conjunto del mercado laboral. 

Alrededor de las grandes fábricas continúa existiendo otra Puebla. 

La de los pequeños negocios. 

La del autoempleo. 

La del comercio ambulante. 

La de los trabajadores agrícolas. 

La de quienes viven del ingreso diario. 

Informalidad no significa necesariamente desempleo 

Aquí aparece otra confusión frecuente. 

Puebla puede registrar tasas relativamente bajas de desempleo y, al mismo tiempo, tener una enorme informalidad. 

No es contradictorio. 

Una persona que vende productos en la calle, trabaja ocasionalmente en la construcción o desarrolla alguna actividad por cuenta propia tiene trabajo. 

Por tanto, estadísticamente no está desempleada. 

Pero eso no significa necesariamente que tenga un buen empleo. 

La diferencia es fundamental. 

Porque el verdadero desafío económico no consiste solamente en que las personas trabajen. 

Consiste en qué clase de trabajo tienen. 

Con qué salario. 

Con qué estabilidad. 

Con qué seguridad social. 

Y con qué posibilidades de construir un patrimonio y enfrentar la vejez. 

La otra cara del crecimiento 

La informalidad también tiene consecuencias futuras. 

Quien pasa décadas trabajando fuera de los sistemas formales difícilmente construye una pensión suficiente. 

Puede carecer de protección ante accidentes laborales. 

Tiene mayores dificultades para acceder al crédito. 

Y vive con una incertidumbre permanente respecto del ingreso del día siguiente. 

Por eso una economía no debería medirse únicamente por cuánto produce.. 

También debe medirse por cómo distribuye las oportunidades que genera. 

En estos días se anunció una nueva feria de empleo en Puebla con más de 3 mil 200 vacantes ofrecidas por 75 empresas e instituciones, con puestos que van desde salarios cercanos a nueve mil pesos hasta algunos de alta especialización que pueden alcanzar los 70 mil mensuales. 

Es una buena noticia. 

Pero también permite dimensionar el problema. 

Frente a más de dos millones de trabajadores informales, algunos miles de nuevos empleos formales son importantes, pero insuficientes. 

El reto no es solamente atraer inversiones 

Durante décadas los gobiernos estatales han competido por anunciar inversiones. 

Millones de dólares. 

Nuevas plantas. 

Parques industriales. 

Empresas extranjeras. 

Cada anuncio se presenta como demostración de éxito económico. 

Y ciertamente puede serlo. 

Pero quizá deberíamos empezar a formular otra pregunta a cada inversión anunciada: 

¿Cuántos empleos formales, estables y bien pagados producirá? 

Porque una inversión que aumenta la producción pero genera pocos empleos locales tiene un efecto social distinto de otra que construye cadenas de proveedores, capacita trabajadores y distribuye ingresos dentro de la región. 

El objetivo debería ser que las grandes inversiones no se conviertan en islas de prosperidad rodeadas de informalidad. 

Dos Pueblas económicas 

Quizá eso sea lo que las estadísticas están mostrando. 

Existen, económicamente hablando, dos Pueblas. 

Una moderna, industrial, exportadora, integrada a cadenas internacionales y capaz de competir por inversiones. 

Y otra formada por millones de personas que todos los días salen a trabajar sin saber con certeza cuánto ganarán, sin seguridad social suficiente y con escasas posibilidades de incorporarse a aquella economía moderna. 

Las dos existen simultáneamente. 

Las dos aparecen en las estadísticas. 

Y las dos deberían aparecer en el discurso público. 

Reconocer el crecimiento económico no significa renunciar a la crítica. 

Al contrario. 

Precisamente porque Puebla tiene industria, infraestructura, universidades, trabajadores capacitados y una ubicación estratégica, resulta legítimo preguntarse por qué siete de cada diez trabajadores siguen en la informalidad. 

El éxito económico de un gobierno no debería medirse solamente por cuánto crece la economía ni por cuántos millones de dólares llegan en inversiones. 

También debería medirse por algo mucho más cercano a la vida cotidiana: 

Cuántos poblanos logran convertir el trabajo en bienestar. 

Porque una economía puede crecer en las estadísticas. 

El verdadero desarrollo comienza cuando ese crecimiento llega también al bolsillo, a la seguridad y al futuro de quienes trabajan. 

Es cuanto. 

Autor

Luis Enrique Sánchez Fernández

Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.

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