¿Quién está formando a nuestros políticos?
Luis Enrique Sánchez Fernández
En la entrega anterior quedó una pregunta pendiente.
¿Quién está formando a quienes nos gobiernan?
La interrogante parece sencilla, pero conduce directamente a uno de los problemas centrales de la política mexicana contemporánea: los partidos siguen teniendo el monopolio práctico de buena parte de las candidaturas, pero han debilitado una de las funciones que históricamente justificaban su existencia: formar políticos.
No se trata de idealizar el pasado.
Los viejos partidos mexicanos produjeron autoritarismo, cacicazgos, corrupción, imposiciones y políticos que hicieron del poder una profesión para beneficio propio.
Pero también fueron espacios de aprendizaje político.
Había militancia.
Había organizaciones juveniles, obreras, campesinas, populares y empresariales. Había corrientes ideológicas. Había discusión interna. Había trabajo territorial. Había dirigentes que habían recorrido durante años comités municipales, estatales y nacionales antes de aspirar a determinados cargos.
En la izquierda, particularmente, la formación política tenía además otra característica: leer, discutir, organizar, participar en movimientos sociales, sindicatos y universidades formaba parte de la militancia.
Se podía estar de acuerdo o no con aquellas organizaciones.
Pero existía una idea de lo que significaba ser político.
Hoy esa ruta parece cada vez menos necesaria.
La pregunta ya no siempre es quién tiene mayor preparación, trayectoria, conocimiento de los problemas públicos o reconocimiento entre la militancia.
Con frecuencia aparecen otras:
¿Quién es más conocido?
¿Quién mide mejor?
¿Quién tiene más seguidores?
¿Quién puede ganar?
Y, por supuesto:
¿Quién pertenece al grupo político que tomará la decisión?
No desaparecieron los viejos mecanismos.
Se modernizaron.
Al dedazo se agregaron las encuestas.
A las cuotas de poder, la popularidad digital.
Al compadrazgo, los seguidores.
A la propaganda tradicional, el algoritmo.
Porque cuando un partido deja de formar cuadros políticos tiene que buscarlos en otra parte.
Entonces aparecen empresarios, deportistas, artistas, conductores, influencers y personajes que poseen algo extremadamente valioso para cualquier organización electoral: reconocimiento público.
No hay nada malo en que una persona proveniente de cualquiera de esas actividades participe en política.
El problema surge cuando la notoriedad se convierte en el principal mérito para acceder a una candidatura.
Entonces, la política, el gobierno, se transforman.
La ideología estorba porque divide.
La discusión interna incomoda porque cuestiona.
La militancia exige porque considera que tiene derechos.
En cambio, un candidato popular puede resultar mucho más práctico. Se invierte menos en su reconocimiento popular.
El problema vendrá después.
Cuando gane.
Entonces habrá que gobernar.
O legislar.
Y en este terreno, la popularidad vale poco o nada.
Una boxeadora, un ciclista, un futbolista, una actriz, una científica, un atleta, pueden haber logrado el éxito en sus diversas disciplinas y ser ampliamente reconocidos por sus triunfos, pero no necesariamente serán buenos políticos, legisladores o gobernantes.
Y ahí es en donde la puerca tuerce el rabo.
Es cuanto.
Autor
Luis Enrique Sánchez Fernández
Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.
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