Serie: La política como franquicia: partidos sin ideas, poder sin compromiso
Luis Enrique Sánchez Fernández
Entrega 1
De partidos a franquicias: cuándo se rompió la política en México
Durante buena parte del siglo XX, con todos sus vicios autoritarios y sus límites democráticos, los partidos políticos en México cumplieron una función que hoy parece lejana: fueron espacios de formación política, de identidad ideológica y de socialización cívica. Se ingresaba a un partido para aprender una forma de entender al Estado, al poder, al desarrollo y al conflicto social. No siempre se cumplía, pero la pretensión existía.
Ese modelo comenzó a erosionarse lentamente, sin un momento exacto de ruptura. No fue una decisión explícita ni una conspiración visible, sino un proceso acumulativo. La transición democrática, celebrada como conquista histórica, vino acompañada de un efecto colateral poco discutido: los partidos dejaron de depender de su base social y comenzaron a depender del financiamiento público. La militancia ya no fue indispensable; el presupuesto sí.
A partir de entonces, el incentivo central cambió. Si el dinero estaba garantizado por el Estado y el acceso a cargos dependía más de negociaciones internas que de convicción ideológica, los partidos comenzaron a vaciarse de debate y a llenarse de operadores profesionales.
En ese tránsito apareció una figura hoy dominante: el político profesional sin identidad doctrinaria. No es militante, es usuario del partido. No se forma, se coloca. No representa intereses sociales, administra su carrera. Puede cambiar de siglas sin conflicto porque ya no defiende un proyecto, sino una trayectoria personal. El partido no es comunidad política; es plataforma temporal.
Así, sin necesidad de abolirlas formalmente, las ideologías se volvieron irrelevantes. No desaparecieron: fueron sustituidas por el pragmatismo, el cálculo y la narrativa vacía.
Cuando esto ocurre, la competencia política se transforma. Los partidos ya no compiten por ideas, sino por candidaturas; ya no buscan convencer a la ciudadanía, sino administrar registros, tiempos oficiales y financiamiento. Funcionan como franquicias políticas: marcas que ofrecen estructura legal y recursos a cambio de lealtades transitorias.
Este proceso explica por qué el llamado “chapulineo” dejó de escandalizar. No se percibe como traición porque ya no hay causa traicionada. Tampoco genera sanción social porque la ciudadanía entiende —con lucidez— que las siglas cambiaron de sentido antes que las personas. La desconfianza no es apatía: es aprendizaje político.
En este punto, el problema ya no es moral, sino estructural. El sistema de partidos fue rediseñado para garantizar estabilidad institucional, pero terminó produciendo una clase política autorreferencial, desconectada de los compromisos sociales que dice representar. El resultado es una democracia formalmente activa, pero sustantivamente vacía.
Entender cuándo y cómo se dio este quiebre es indispensable para comprender el presente. Porque mientras los partidos sigan funcionando como franquicias y no como proyectos colectivos, la política seguirá alejándose de la ciudadanía. Y sin ciudadanos, lo que queda no es democracia: es administración del poder entre los mismos.
Es cuanto.
Autor
Luis Enrique Sánchez Fernández
Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.
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