Viernes, octubre 16, 2026

11 septiembre, 2026

Redacción PH

Una generación que necesita motivos

Por Luis Miguel Martínez

Hay noticias que, cuando aparecen juntas, deberían obligarnos a detenernos.
Una habla del suicidio entre nuestros jóvenes. La otra, de los resultados educativos que colocan a México frente al espejo de PISA.
A primera vista parecen asuntos distintos: uno pertenece al ámbito de la salud mental; el otro, al de la educación.
Pero quizá están hablando de algo mucho más profundo.


De una generación que necesita motivos.


El suicida no necesariamente es alguien que no quiere vivir. Muchas veces es alguien que ya no quiere seguir sintiendo un dolor que le resulta insoportable. No busca necesariamente la muerte; busca desesperadamente que termine aquello que lo lastima.
Y quizá algo parecido, aunque infinitamente menos dramático, está ocurriendo en nuestras aulas.


El estudiante que no quiere estudiar no necesariamente dejó de querer aprender. Tal vez dejó de encontrarle sentido a lo que estudia. Tal vez no alcanza a imaginar para qué le servirá una ecuación, un libro, una historia o un esfuerzo que le exige mucho hoy para ofrecerle una recompensa que parece demasiado lejana.

Entonces aparece una pregunta que deberíamos hacernos los adultos:


¿En qué momento dejamos de enseñarles para qué vale la pena esforzarse?


Porque nuestros niños y jóvenes están creciendo en medio de una vorágine que nosotros mismos construimos.
Tenemos prisa para todo. Prisa para trabajar, producir, ganar, comprar, competir, llegar, aparentar que estamos bien. Les pedimos que tengan buenas calificaciones mientras nosotros medimos el éxito en ingresos.
Les exigimos disciplina mientras ellos observan adultos agotados que viven permanentemente conectados al teléfono.
Les hablamos de paciencia mientras queremos resultados inmediatos. Les decimos que disfruten su infancia mientras llenamos sus agendas, les pedimos que sean felices sin detenernos demasiado a explicarles qué significa realmente serlo.


Nuestra voracidad de vida también puede convertirse en voracidad sobre la vida de nuestros hijos.


Queremos que sepan inglés, matemáticas, tecnología, deportes, música; que sean competitivos, exitosos y preparados para el futuro. En otras palabras, queremos que sean una especie de inteligencia artificial: eficientes, rápidos, productivos, capaces de resolver problemas y de entregar resultados. Pero ellos no son IA. Son seres humanos. Tienen miedo, se equivocan, se enamoran, se frustran, se cansan. Necesitan pertenecer, ser escuchados, necesitan abrazos, tiempo y descubrir quiénes son.
Paradójicamente, mientras desarrollamos máquinas cada vez más inteligentes, corremos el riesgo de olvidar aquello que ninguna máquina puede sustituir: la sensibilidad humana.


La tecnología debería ser nuestra herramienta, no nuestro modelo de vida.


La inteligencia artificial puede ayudarnos a aprender más rápido, a investigar, crear, resolver problemas y ampliar nuestras capacidades. Pero precisamente por eso debemos utilizarla para recuperar tiempo y espacio para aquello que nos hace humanos: conversar, leer, pensar, crear, acompañar, escuchar y sentir.


Nuestras herramientas deben ayudarnos a ser mejores seres humanos, no a exigirles a los seres humanos que funcionen como herramientas.


Por eso sería demasiado fácil culpar exclusivamente a los teléfonos, a las redes sociales, a la escuela, a los maestros o a los propios jóvenes.


Los adultos también tenemos que mirarnos al espejo.


PISA puede decirnos cuánto saben nuestros estudiantes de matemáticas, lectura o ciencias. Las estadísticas pueden decirnos cuántos jóvenes perdieron la vida por suicidio.


Pero ninguna prueba estandarizada puede medir cuánto sentido encuentra un muchacho en su propia existencia.


Ninguna estadística puede registrar cuántos abrazos faltaron.


Cuántas conversaciones se pospusieron.


Cuántas veces un “estoy bien” ocultó un “necesito ayuda”.


Y tampoco podemos convertir cada suicidio en una explicación sencilla.


Pero sí podemos hacernos responsables de algo:


del mundo que estamos construyendo alrededor de nuestros niños y jóvenes.


Por eso la pregunta más incómoda es:


¿Qué estamos haciendo para que nuestros jóvenes tengan razones para aprender, razones para esforzarse y, sobre todo, razones para quedarse?


Porque quizá el gran fracaso educativo no sea que un muchacho no sepa resolver una ecuación.


Quizá sea que no encuentre una razón para intentarlo.


Y quizá el gran fracaso de una sociedad no sea solamente tener malos resultados en una prueba internacional.


Quizá sea haber olvidado que nuestros hijos no necesitan únicamente herramientas para ganarse la vida. Necesitan motivos para querer vivirla.

Autor

Redacción PH

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