Para el Valle de México, un futuro incierto y complicado
Pedro Lara Hernández
“La confianza mató al gato.”
Refrán popular
Nuestro país, como muchas naciones del mundo, concentra en determinados espacios geográficos enormes cantidades de población, generando necesidades de vivienda, agua, movilidad, infraestructura y servicios que, con el tiempo, rebasan las posibilidades racionales de atención.
El pasado martes 21 de septiembre, La Jornada publicó una información particularmente importante sobre el crecimiento de la mancha urbana de la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM). Entre 1990 y 2025 aumentó 89.61 %, al pasar de 156 mil 561 a 296 mil 859 hectáreas. Es decir, en 35 años prácticamente se duplicó, anunciando hacia las próximas décadas un escenario de enormes dificultades si no se modifica el actual modelo de ordenamiento territorial.
La expansión se ha extendido hacia el Estado de México, Hidalgo y el norte de Morelos, afectando suelos agrícolas, zonas forestales y áreas de recarga de acuíferos. Alrededor de 62 mil hectáreas corresponden a asentamientos irregulares. El problema no es únicamente el crecimiento poblacional, sino una urbanización que avanza más rápidamente, generando dispersión, baja densidad y una profunda segregación territorial.
De continuar esta tendencia, la movilidad será uno de los mayores desafíos. Los sistemas de transporte masivo —Metro, Suburbano, Metrobús y Trolebús— se concentran principalmente en la Ciudad de México y algunos corredores del Estado de México, mientras amplias zonas periféricas dependen del transporte concesionado de pequeña capacidad. Más de seis millones de personas utilizan este modelo, que representa aproximadamente 74 % de los viajes en transporte público.
Paralelamente, aumenta la dependencia del automóvil y la motocicleta. El gasto en transporte puede representar hasta 40 % del ingreso familiar en algunas zonas, con consecuencias evidentes: jornadas de traslado cada vez más largas, menor tiempo para la familia y el descanso, y mayores dificultades para acceder a oportunidades laborales y educativas.
El problema del agua es todavía más preocupante. La urbanización sobre zonas de recarga y suelos permeables reduce la infiltración natural, mientras el Valle de México enfrenta sobreexplotación de acuíferos, hundimientos diferenciales, dependencia de fuentes externas, fugas e infraestructura envejecida. La expansión irregular también agrava las inundaciones durante las lluvias y el desabasto durante el estiaje.
A ello se suman los efectos del cambio climático: mayor vulnerabilidad ante fenómenos extremos, conflictos sociales por el acceso al agua, incremento de costos, riesgos sanitarios y posibles fallas en las redes de abastecimiento y drenaje.
La expansión urbana tampoco ha estado acompañada de infraestructura suficiente de salud, educación, seguridad y servicios básicos. Las 62 mil hectáreas de asentamientos irregulares representan un rezago estructural que puede traducirse en mayor desigualdad, informalidad y deterioro de la calidad de vida.
El problema se complica por la fragmentación política y administrativa de la ZMVM, integrada por múltiples jurisdicciones. Esta diversidad dificulta la planeación conjunta, el financiamiento de infraestructura metropolitana y la aplicación uniforme de políticas de uso del suelo.
La casi duplicación de la mancha urbana refleja, en buena medida, un modelo expansivo y de baja densidad que ha privilegiado la ocupación de suelo barato sobre la densificación ordenada, la protección de áreas estratégicas y la provisión anticipada de servicios.
Si las tendencias continúan, los problemas podrían agravarse: crisis hídrica, congestión, desigualdad, deterioro ambiental y pérdida de competitividad y habitabilidad.
Actualizar el Programa de Ordenación de la Zona Metropolitana del Valle de México constituye, por ello, una tarea monumental. Requerirá acuerdos políticos, coordinación entre gobiernos y enormes recursos públicos, precisamente en un escenario de restricciones económicas y creciente presión social.
El futuro del Valle de México no puede dejarse a la inercia. La planeación metropolitana debe anticiparse al problema y no limitarse a administrar sus consecuencias.
Autor
Pedro Lara Hernández
Estudió Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM. Diplomado en Política Gubernamental. Diplomado en Administración y Decisiones Financieras. Maestría en Ingeniería Económica Financiera. Ha colaborado en diferentes áreas en la administración pública federal y en los estados de Tabasco y Veracruz. Periodista y analista de la realidad política y económica de México.
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