Pepe Mujica murió. Pero no jodán: el mundo ya se venía muriendo antes
Pepe Mujica se murió. Lo escribo así, sin metáfora y sin solemnidad. Se murió. Y con él, algo que ya casi nadie se atreve a defender sin pedir perdón por incomodar: la coherencia.
Sí, Mujica, el viejito que parecía salido de un cuento de Galeano con mate en la mano y un perro tuerto en el porche, ese mismo, se fue. Y ya empezaron los homenajes empalagosos, los tuits cursis, las columnas tipo PowerPoint moral: “Gracias, Pepe”. “Luchaste por un mundo mejor”. “Nos enseñaste a vivir con poco”. Bla bla bla.
A ver, ¿de verdad creen que Mujica quería que lo recordaran como si fuera el viejito de Up? No. Este hombre fue guerrillero, fue preso, fue presidente, fue floricultor, fue viudo de la democracia cuando todos los demás se vendieron al supermercado ideológico de la moderación responsable. Y todo eso sin dejar de parecer… pues eso, un ser humano. Ni influencer, ni mártir.
Vivió en una chacra. Manejaba un escarabajo. No le gustaban los banqueros ni los neoliberales ni los autos blindados ni los discursos de Harvard. Y aun así —o justo por eso— lo llamaban de Harvard para que diera discursos. Qué ironía tan perfecta, ¿no?
Pero vamos al grano: ¿por qué nos duele tanto que se muera Mujica?

Porque ya no quedan muchos así. Porque la política de hoy es un circo donde hasta los trapecistas votan en contra de sus propios malabares. Porque estamos hartos de presidentes con teleprompter que hablan bonito mientras privatizan lo que queda de futuro. Porque Mujica —con su cara de cansado, con sus frases torpes pero verdaderas— era una prueba viviente de que todavía se podía tener poder sin perder el alma.
Y eso incomodaba. A todos.
No era un santo. Ni falta que hacía. Se equivocó, claro que sí. Pero lo jodido es que sus errores eran humanos, no estratégicos. No simulaba. No operaba. No vendía. Y eso, en un continente donde la política huele a perfume de embajada gringa mezclado con Axe de TikToker, era casi revolucionario.
A ver si nos entendemos: Mujica no era solo el “presidente más pobre del mundo”. Era el más difícil de corromper. Porque cuando uno ya estuvo 13 años en una celda oscura, incomunicado, comiendo cucarachas y hablando con las paredes… créeme, ya no hay asesor de imagen que te convenza de ponerte un Rolex para salir en la portada de Forbes.

Y ahora, que se muere, el mundo parece más vacío. No porque él fuera perfecto. Sino porque, como dijo él mismo, “esta civilización es enfermita de egoísmo”. Y sin gente como Mujica, la enfermedad avanza sin antibióticos.
¿Sabes qué es lo más triste? Que vamos a llenar los próximos días de frases suyas en redes sociales, con fondo sepia y tipografía de PowerPoint triste, pero nadie se va a atrever a vivir como él. Nadie va a bajarse el sueldo. Nadie va a bajarse del SUV. Nadie va a bajarse del pedestal moral.
¿Entonces para qué carajos sirven los héroes si no es para imitarlos un poquito?
Yo no lo conocí. No tomé mate con él. No lo vi sembrar flores ni dar discursos en la ONU. Pero sé esto: ese hombre no estaba actuando. Era de verdad. Como el viento. Como el barro. Como los abuelos que ya no te dicen lo que quieres oír, sino lo que necesitas escuchar.
Y eso, en estos tiempos de hologramas con corbata y políticos con Instagram, duele más que su muerte.
Adiós Pepe

Autor
Luis Enrique Sánchez Díaz
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