La nueva gramática del poder

La comunicación pública del Estado entra en una fase donde no basta con difundir acciones: hay que ordenar el sentido, cuidar la autoridad y convertir la gestión en narrativa de gobierno.
Por Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz
Hay decisiones que no se explican por el nombre que se mueve, sino por el peligro que se ha leído. En política, los nombramientos no son solamente trámites administrativos: son mensajes cifrados. Dicen qué entiende un gobernante de su propio momento, qué riesgo mira venir y qué pieza decide colocar en el tablero antes de que el tablero se le vuelva contra sí mismo.
La comunicación pública del Estado entra ahora en una etapa distinta. No porque cambie una oficina, sino porque el tiempo político exige otra clase de conducción. Puebla vive un entorno donde cada decisión de gobierno nace bajo observación inmediata: medios, redes, grupos digitales, columnas, videos, rumores, intereses partidistas y una ciudadanía menos paciente ante las explicaciones tardías. En ese ambiente, gobernar sin comunicar bien es caminar con la obra hecha y la interpretación perdida.
Y en política, perder la interpretación es empezar a perder el terreno.
Un gobierno puede ejecutar programas, recorrer municipios, anunciar inversiones, enfrentar crisis y tomar decisiones correctas. Pero si no consigue ordenar el relato de lo que hace, sus acciones quedan expuestas a la fragmentación: lo estratégico parece ocurrencia; lo necesario parece reacción; lo complejo parece improvisación; lo explicable parece sospechoso.
Por eso la comunicación gubernamental ya no puede ser entendida como una vitrina de actividades. Es una herramienta de gobernabilidad. Más todavía: es una forma de mando simbólico. No manda mejor quien más grita, sino quien logra que su palabra ordene el escenario.
Desde esa perspectiva, la decisión del gobernador Alejandro Armenta de fortalecer la Coordinación General de Comunicación Social y Agenda Digital con un perfil estratégico resulta acertada. No se trata de un gesto ornamental ni de una cortesía política. Se trata de colocar, en una zona sensible del gobierno, a alguien capaz de leer la relación entre poder, opinión pública, crisis, medios y conversación digital.
Jorge David Cortés Moreno aparece en ese punto como algo más que un operador de comunicación. Su trayectoria cruza la academia, la medición de opinión pública, la comunicación política, la construcción institucional, la cultura y la estrategia. Esa mezcla no es menor. En tiempos ordinarios quizá bastaría con administrar boletines. En tiempos de ruido, crisis y disputa permanente por el sentido, se necesita otra cosa: cabeza política.
La comunicación de Estado no debe perseguir aplausos. Ese es un error frecuente, y casi siempre caro. Los gobiernos que sólo buscan aplausos terminan rodeados de eco; los que sólo responden ataques terminan gobernados por sus adversarios; los que confunden comunicación con propaganda acaban debilitando la autoridad que pretendían proteger.
La tarea superior es otra: construir una arquitectura de confianza. Una comunicación capaz de explicar sin saturar, defender sin irritarse, corregir sin dramatizar, escuchar sin fingir y responder sin convertir cada crítica en una guerra. La fortaleza institucional no consiste en negar el conflicto, sino en administrarlo sin perder dirección.
Ese es el núcleo de la nueva etapa.
La agenda digital tampoco puede seguir siendo tratada como escaparate. Las redes no son un muro donde se cuelgan logros. Son termómetro, plaza pública, campo de batalla y laboratorio emocional. Ahí se expresa la ciudadanía, pero también se fabrican climas. Ahí aparece la crítica legítima, pero también la distorsión interesada. Ahí una omisión se vuelve sospecha, una frase se vuelve incendio y un silencio puede convertirse en narrativa adversa.
El gobierno que no comprende eso termina reaccionando tarde. El que lo comprende, anticipa.
La comunicación pública debe convertirse en cuarto de mapas, no en taller de aplausos. Debe identificar riesgos, leer humores sociales, ordenar prioridades, preparar vocerías, cuidar tiempos, construir argumentos y traducir la acción gubernamental en sentido público. No para maquillar la realidad, sino para impedir que la realidad sea secuestrada por la confusión.
Aquí conviene recordar una vieja lección del poder: el gobernante no sólo debe actuar; debe cuidar cómo sus actos son vistos. La política no ocurre únicamente en los hechos, sino en la percepción organizada de los hechos. Quien desprecia esa dimensión suele descubrirla demasiado tarde, cuando la explicación ya no alcanza y el rumor se volvió sentencia.
Por eso esta decisión importa. Porque reconoce que la comunicación no es una dependencia secundaria, sino una zona estratégica donde se protege la autoridad, se preserva margen de maniobra y se construye relación con la sociedad.
Puebla necesita una comunicación gubernamental con más altura que estridencia. Una comunicación que no tema a los medios, que no subestime a los ciudadanos y que no se arrodille ante el escándalo digital del día. Una comunicación capaz de darle unidad narrativa a un gobierno que, como todo gobierno, será juzgado no sólo por lo que haga, sino por la claridad con que logre explicar el rumbo de lo que hace.
El reto no es menor. La comunicación política contemporánea se mueve entre la urgencia y la estrategia, entre la emoción y el dato, entre la crítica legítima y la operación interesada. Ahí se requiere temple. Ahí se requiere método. Ahí se requiere entender que una crisis mal comunicada puede crecer más que la crisis misma.
La nueva etapa debe aspirar a eso: pasar de la reacción al mando; del boletín al relato; de la presencia digital a la inteligencia digital; de la defensa nerviosa a la conducción serena.
No se trata de fabricar unanimidad. Ningún gobierno serio debería aspirar a eso. Se trata de construir confianza suficiente para que la acción pública sea entendida incluso en medio del desacuerdo. Se trata de que el gobierno tenga voz, pero también oído; firmeza, pero también sensibilidad; narrativa, pero también verdad.
Cuando un gobierno logra comunicar con esa altura, no sólo mejora su imagen. Mejora su capacidad de gobernar. Ordena expectativas, reduce incertidumbre, fortalece interlocución y evita que la coyuntura devore al proyecto.
En tiempos de ruido, comunicar bien ya no es un lujo. Es una forma de conservar dirección política.
Y si esa es la ruta que se abre en Puebla, entonces el movimiento tiene sentido: justo ahora, justo ahí, con el perfil adecuado para convertir la comunicación del Estado en una herramienta de conducción, no de simple reacción.
Porque el poder que no comunica se dispersa. Pero el poder que comunica con inteligencia se vuelve más difícil de deformar.
Semblanza del autor
Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor-investigador universitario, consultor en comunicación política, administración pública, inteligencia artificial y análisis del poder institucional. Ha desarrollado proyectos académicos y editoriales sobre gobernanza, opinión pública, cultura política, tecnología y democracia. Escribe desde una perspectiva crítica orientada a entender cómo se construye, comunica y disputa el poder en la vida pública contemporánea.
Contacto: Sitio: luisenriquesan.blog | X: @luisenriquesan | Telegram: t.me/profesorluisenrique
Autor
Luis Enrique Sánchez Díaz
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