Trump y la crisis del neoliberalismo: el síntoma, no la solución
Durante décadas, el neoliberalismo se presentó como una verdad incuestionable. Mercado libre, Estado mínimo, globalización económica y competencia como virtud social fueron los pilares de un modelo que prometió prosperidad, estabilidad y democracia. Hoy, ese relato está roto. Y la manera en que Donald Trump ejerce el poder es una de las expresiones más visibles —y perturbadoras— de esa fractura.
Trump no surge en el vacío ni es un accidente de la historia. Es el resultado de un largo proceso de desgaste económico, social y político. La desindustrialización de amplias regiones de Estados Unidos, la precarización del trabajo, la concentración de la riqueza y el abandono de sectores sociales enteros por parte de las élites políticas crearon el caldo de cultivo perfecto para un liderazgo disruptivo, confrontacional y emocionalmente eficaz. El neoliberalismo cumplió con generar riqueza; fracasó en distribuirla y, sobre todo, en legitimarse.
La gestión de Trump refleja esa crisis en varios planos. En primer lugar, en el político-institucional. El desprecio por los contrapesos, el ataque sistemático a la prensa, la descalificación de jueces y organismos autónomos, y la puesta en duda de procesos electorales evidencian una democracia liberal debilitada. Cuando un modelo deja de ofrecer bienestar, la legalidad deja de ser un consenso y se vuelve un obstáculo. Entonces, el poder se personaliza.
En segundo lugar, Trump expresa la crisis del libre comercio como dogma. Durante años, la globalización fue defendida como un bien absoluto. Trump rompe con ese consenso: impone aranceles, promueve el proteccionismo y apela al nacionalismo económico. No es un giro anticapitalista, sino una reacción pragmática ante el fracaso del mercado global para garantizar empleo y estabilidad interna. El libre comercio dejó de ser sagrado cuando dejó de ser funcional políticamente.
Un tercer elemento es la crisis del consenso cultural de las élites. Trump gobierna en conflicto permanente con la academia, los medios tradicionales, los expertos y la política profesional. Este choque no es anecdótico: revela que el neoliberalismo perdió su base cultural. Las soluciones técnicas, los indicadores macroeconómicos y los discursos de eficiencia ya no convencen a sociedades que viven la desigualdad como experiencia cotidiana.
Pero aquí está la paradoja central: Trump no es anti-neoliberal. Su retórica confronta al sistema, pero sus políticas económicas lo reproducen. Reducción de impuestos a grandes capitales, beneficios a corporaciones, ausencia de un nuevo Estado de bienestar y continuidad de la lógica mercantil lo confirman. Trump no desmonta el modelo; lo administra en crisis. Combate los efectos políticos del neoliberalismo sin tocar su estructura económica.
Desde una perspectiva histórica, Trump debe leerse como síntoma, no como causa. Es comparable a otros liderazgos que emergen cuando los modelos hegemónicos se agotan y pierden legitimidad. Como advirtió Gramsci, vivimos un interregno: lo viejo no termina de morir y lo nuevo no acaba de nacer. En ese vacío proliferan liderazgos fuertes, discursos simples y soluciones emocionales.
Las consecuencias no se limitan a Estados Unidos. El trumpismo debilita el multilateralismo, refuerza nacionalismos, tensiona el comercio global y afecta directamente a países como México, dependientes de reglas internacionales relativamente estables. La crisis del neoliberalismo no es teórica: se traduce en migración, incertidumbre económica y fragilidad institucional.
Trump no representa el fin del neoliberalismo, sino su rostro más crudo. Cuando el mercado deja de ofrecer futuro, el poder se vuelve espectáculo; cuando la economía pierde legitimidad, la política se vuelve confrontación. El verdadero problema no es Trump, sino el modelo que lo hizo posible. Mientras no se construya una alternativa creíble, más justa y socialmente integradora, los “Trump” seguirán apareciendo, una y otra vez, como recordatorio incómodo de que el neoliberalismo ya no gobierna por convicción, sino por inercia.
Es cuanto.
Autor
Luis Enrique Sánchez Fernández
Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.
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