7 noviembre, 2025
Redacción PH
México, el patio trasero del narcotráfico global
Tras el asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, el pasado 1 de noviembre, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció el Plan Michoacán, una estrategia que busca enfrentar la delincuencia con un mayor despliegue de la Guardia Nacional y acciones de justicia social. Aunque este plan estaba previsto para implementarse el próximo año en todo el país, la violencia obligó a adelantarlo: noviembre y diciembre serán los meses de su aplicación piloto en Michoacán.
Sin embargo, el Plan Michoacán llega tarde. En los últimos tres años, siete alcaldes han sido asesinados por el crimen organizado en ese estado. La magnitud del problema revela que la lucha contra el narcotráfico. Se trata de un problema más allá de las injusticias sociales, de la pobreza y la marginación de un pueblo: se trata de un fenómeno global que responde a la insaciable demanda de drogas en Estados Unidos, al gigantesco negocio que representa y, en buena medida, a la mano del propio gobierno norteamericano, que históricamente ha impulsado el asentamiento de cultivos y redes de producción en países de Latinoamérica.
El combate a la delincuencia organizada en México no es un combate a grupos criminales sin oportunidades de desarrollo sino contra el negocio de estupefacientes del país más poderoso del mundo. Así como Colombia fue convertida en centro de producción y distribución del mercado estadounidense, México fue abierto con el mismo propósito desde los gobiernos panistas. Por ello, erradicar el narcotráfico es una misión titánica e internacional.
De ahí que, en la lucha contra la delincuencia organizada los gobiernos mexicanos hayan insistido, tibiamente, en que el tráfico de armas a México debe cesar por parte de Estados Unidos y en particular, la presidenta Sheinbaum ha destacado que en diálogos con el presidente Donald Trump ha expuesto que se trata de un problema cuya solución debe ser compartida.
El asesinato del alcalde Manzo, perpetrado en público, se suma a miles de muertes que el crimen organizado deja cada año. Las madres buscadoras, los 43 de Ayotzinapa, las fosas clandestinas y las víctimas de desaparición forzada son estampas de la lamentable situación que vive México en varias regiones. Y recuperar la paz tomará décadas.
En ese contexto, el Plan Michoacán por la paz y la justicia busca sembrar esperanza con más escuelas, deporte, mejores salarios y coordinación entre los tres niveles de gobierno. Mantiene, además, el espíritu de “abrazos, no balazos” del expresidente López Obrador, quien entendió que México no tiene la capacidad bélica para enfrentarse a su vecino del norte.
Esperemos que el Plan Michoacán por la justicia sea el inicio concreto que dé solución y esperanza a mediano y no largo plazo, como proyectaba la 4T antes del asesinato del alcalde Carlos Manzo; crimen que movió cimientos que antes no removió el asesinato de otros alcaldes, del empresario y productor de limones Bernardo Bravo y de decenas de productores de aguacate azorados por el crimen organizado en Michoacán.
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