El pueblo de México con su presidenta Claudia Sheinbaum
Pedro Lara Hernández
“El mundo es peligroso no por las personas malas,
sino por las personas buenas que no hacen nada.”
Albert Einstein
Vivimos tiempos profundamente paradójicos. Nunca la humanidad había alcanzado niveles tan altos de desarrollo científico y tecnológico, ni había estado tan interconectada como en la actualidad. Sin embargo, ese progreso convive —de manera inquietante— con un acelerado deterioro social, una crisis ambiental de dimensiones históricas y una peligrosa normalización de la violencia, tanto en el ámbito doméstico como en la política internacional. Avanzamos, sí, pero pareciera que lo hacemos por carriles opuestos, donde el desequilibrio de uno amenaza con arrastrar al otro hacia el colapso.
En este escenario global, las fuerzas de la derecha internacional, encabezadas por el gobierno de los Estados Unidos de América, actúan cada vez con mayor torpeza, improvisación y desesperación ante los ojos del mundo. Se trata de una potencia que hoy enfrenta una compleja combinación de descomposición social, profundos déficits estructurales, una deuda pública asfixiante y una acelerada pérdida de hegemonía global. Las decisiones políticas erráticas de su actual liderazgo no hacen sino acelerar ese deterioro, dejando en evidencia que sus años de poder incontestado han quedado atrás.
A ello se suma un factor estratégico de enorme relevancia: la creciente escasez de materias primas fundamentales —como el petróleo y las llamadas tierras raras— indispensables para sostener su aparato militar, industrial y tecnológico. Esta situación explica, en parte, acciones cada vez más desesperadas orientadas a garantizar el control de recursos ajenos, aun a costa de violar el derecho internacional, quebrantar la soberanía de los Estados y desestabilizar regiones enteras del planeta.
En ese contexto se inscribe el secuestro del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, Nicolás Maduro, y de su esposa, Cilia Flores, ocurrido el pasado 3 de enero por fuerzas armadas estadounidenses, en una acción ordenada por Donald Trump. Se trata de un acto temerario y de extrema gravedad, cuyas repercusiones políticas, económicas y geoestratégicas alteran de manera peligrosa la correlación de fuerzas en el mundo y abren una etapa de profunda incertidumbre internacional.
Más allá de simpatías o diferencias ideológicas respecto al gobierno venezolano, este hecho constituye una acción abiertamente autoritaria, ilegal y desproporcionada. En los hechos, dinamita décadas de construcción del derecho internacional, desacredita los mecanismos multilaterales de solución pacífica de controversias y sienta un precedente ominoso que pone en riesgo la soberanía de cualquier nación, especialmente de aquellas que no se alinean a los intereses de las grandes potencias.
Frente a este escenario, México —con su presidenta Claudia Sheinbaum al frente— ha elegido el camino correcto: el de la legalidad, la soberanía, la autodeterminación de los pueblos y la defensa activa de la paz.
Por ello, la presidenta ha sido firme y clara al afirmar:
*“La posición de México frente a cualquier forma de intervención es firme, clara e histórica. A raíz de los hechos recientes en Venezuela, donde el gobierno de Estados Unidos llevó a cabo una intervención directa que derivó en la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, así como en la pérdida de vidas humanas, México reafirma un principio que no es nuevo y que no admite ambigüedades.
Rechazamos de manera categórica la intervención en los asuntos internos de otros países. La historia de América Latina es clara y contundente: la intervención nunca ha traído democracia, nunca ha generado bienestar ni estabilidad duradera. Solo los pueblos pueden construir su propio futuro, decidir su camino, ejercer soberanía sobre sus recursos naturales y definir libremente su forma de gobierno.
Nuestra posición está claramente consagrada en la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos, pero no es solo un principio nacional. La Carta de las Naciones Unidas y el derecho internacional establecen de manera inequívoca el respeto a la soberanía de los Estados, a su integridad territorial y al derecho de los pueblos a la libre determinación.
Por ello afirmamos con toda claridad que, para México —y así debe ser para todas y todos los mexicanos— la soberanía y la autodeterminación de los pueblos no son opcionales ni negociables; son principios fundamentales del derecho internacional y deben respetarse siempre, sin excepciones.” *
Hoy más que nunca, respaldar a nuestra presidenta Claudia Sheinbaum no es un acto partidista, sino un compromiso histórico con la soberanía, la dignidad y el futuro de la nación. Apoyar a nuestra presidenta es apoyar y fortalecer a México.
Autor
Redacción PH
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