Miercoles, enero 28, 2026

28 enero, 2026

Pedro Lara Hernández

La lección histórica de los imperios

“A los imperios no los derriba nadie. Se pudren solos por dentro, se caen solos”

Rodolfo Walsh. Escritor argentino.

La historia enseña que el poder, como la materia, nunca desaparece: se transforma. Los imperios antiguos conquistaban territorios con legiones, espadas y flotas; las potencias actuales lo hacen con mercados, finanzas, tecnología, información y control narrativo. Sigue persistiendo la misma lógica imperial que ha acompañado a la humanidad durante milenios.

Si comparamos los imperios antiguos con las potencias contemporáneas tenemos una herramienta crítica para comprender el mundo en que vivimos y anticipamos tensiones futuras.

En la antigüedad el poder se medía en extensión territorial. Roma, Persia o el Imperio español, por ejemplo, gobernaban directamente tierras, pueblos y recursos. La dominación era visible, física y explícita. Ahora en la época moderna, las potencias—en especial las hegemónicas— ya no necesitan ocupar territorios: controlan sistemas. Comercio internacional, finanzas, tecnología, cadenas de suministro y organismos multilaterales sustituyen a las antiguas legiones. El imperio moderno no siempre ocupa: condiciona.

En la antigüedad los imperios se presentaban como benefactores: Roma hablaba de orden y derecho; España, de evangelización; Gran Bretaña, de civilización y progreso.

Sin embargo, hoy, las potencias legitiman su hegemonía en nombre de la democracia, la libertad, los derechos humanos o el libre mercado. El discurso cambia, pero la lógica permanece: justificar la dominación como un bien universal. Los imperios caen cuando su relato deja de convencer incluso a quienes lo sostienen. Nadie cree en sus mentiras.

En los Imperios antiguos, la riqueza fluía hacia el centro imperial mediante tributos, esclavitud y saqueo. Las provincias financiaban el lujo y el ejército. En la época actual la extracción es más sofisticada: deuda externa, control monetario, tratados comerciales asimétricos y corporaciones transnacionales. El saqueo ya no es con espadas, sino con contratos y tasas de interés. Los procedimientos se han perfeccionado.

Una de las características de los imperios, es que son centros ricos y periferias dependientes. Si analizamos porque cayó Roma, entre otras razones fue por su sobre extensión militar, porque mantener ejércitos en fronteras lejanas drena y debilita la economía.

En la actualidad las potencias modernas enfrentan el mismo dilema: un gasto militar creciente frente a economías cada vez más tensionadas. La diferencia es que ahora la guerra puede ser financiera, tecnológica o informativa, sin necesidad de ocupación directa.

Una de las características que muestran los imperios antiguos y modernos es un patrón común antes de caer: desigualdad extrema. Roma por ejemplo tenía latifundios y una plebe empobrecida, mientras en la época moderna se observan metrópolis ricas y colonias explotadas. Élites financieras concentrando riqueza, clases medias erosionadas y mayorías precarizadas.

La historia demuestra que ningún imperio resiste indefinidamente cuando rompe su pacto social interno. Los imperios antiguos culpaban a los “bárbaros”. Las potencias actuales señalan a “enemigos estratégicos”, “amenazas externas” o “regímenes rivales”. Pero la historia es clara: los enemigos externos solo aceleran la caída cuando el sistema ya está debilitado desde dentro. Así lo han documentado varios historiadores cuando han analizado la caída del imperio romano.

Las condiciones modernas hacen que un colapso imperial afecte globalmente. En la antigüedad el imperio romano cayó y el mundo continuó. Hoy las repercusiones se presentan en todo el planeta: mercados, alimentos, energía, clima y estabilidad política. Los sistemas hipercomplejos no colapsan de forma local: colapsan en cadena.

En los imperios antiguos y modernos se observa una lógica idéntica. Las potencias actuales no son menos imperiales que las antiguas; solo son más sofisticadas. Quizás cambian las armas, los discursos y los métodos, pero persisten: la concentración del poder, la explotación de periferias, la desigualdad interna, la sobre extensión y la pérdida de legitimidad.

La gran lección histórica nos enseña que ninguna hegemonía es eterna, y los pueblos que comprenden estas dinámicas están mejor preparados para defender su soberanía, su dignidad y su futuro.

Autor

Pedro Lara Hernández

Estudió Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM. Diplomado en Política Gubernamental. Diplomado en Administración y Decisiones Financieras. Maestría en Ingeniería Económica Financiera. Ha colaborado en diferentes áreas en la administración pública federal y en los estados de Tabasco y Veracruz. Periodista y analista de la realidad política y económica de México.

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