¿Qué modelo de gobierno triunfara al concluir el juego político mundial?
Pedro Lara Hernández
“No sé con qué armas se peleará la Tercera Guerra Mundial, pero la Cuarta será con palos y piedras.”
Albert Einstein
En el cada día más complejo y desafiante contexto político mundial, asistimos a una competencia cada vez más abierta y directa por el control de los principales espacios políticos, económicos y estratégicos del planeta. Esta disputa se concentra, de manera evidente, entre las dos grandes potencias de nuestro tiempo: China y los Estados Unidos de América.
Nuestra geografía —para bien y para mal— nos coloca al lado del país capitalista por excelencia. Sin embargo, esa vecindad histórica hoy se vuelve particularmente riesgosa, pues Estados Unidos parece encaminarse, en el presente y con mayor claridad hacia el futuro, a un escenario político, social y económico profundamente incierto. No se requiere una mirada especialmente aguda para advertir las señales de desgaste interno y de pérdida de rumbo estratégico.
La actual presidencia de Donald Trump, como bien señalan los analistas más atentos, ha acelerado de manera peligrosa las contradicciones internas y externas del sistema estadounidense. Este proceso se manifiesta en el agravamiento de los conflictos sociales al interior del país y en una política exterior cada vez más beligerante, que ha reactivado tensiones militares y diplomáticas con múltiples regiones del mundo.
Para comprender este fenómeno, resulta indispensable volver a una obra clásica del pensamiento sociopolítico contemporáneo. En La Élite del Poder, publicado en 1956 por el brillante sociólogo estadounidense C. Wright Mills, se plantea una tesis central que hoy conserva una vigencia inquietante: en Estados Unidos, el poder real no se distribuye de manera plural entre múltiples grupos sociales, sino que se encuentra altamente concentrado en una minoría cohesionada a la que denomina la élite del poder.
Esta élite se estructura en torno a tres grandes órdenes que conforman un auténtico triángulo de mando: Las grandes corporaciones, en la cúspide del capitalismo corporativo. El Estado, particularmente el gobierno federal y sus círculos decisorios. El aparato militar, incluyendo el alto mando y el complejo industrial-militar.
Aunque el propio Mills consideraba indispensable fortalecer organizaciones independientes, formar una opinión pública menos manipulable, recuperar el papel del intelectual crítico y del ciudadano activo, y exigir transparencia a las élites decisorias, la experiencia histórica demuestra que ese equilibrio nunca se consolidó. Por el contrario, las fuerzas concentradoras del poder han actuado con enorme eficacia para frenar, cooptar o neutralizar el avance de los movimientos progresistas y democratizadores.
El juego político mundial no se definirá únicamente por la superioridad militar, tecnológica o financiera de una potencia sobre otra. Se definirá, sobre todo, por la legitimidad de los modelos de poder que hoy compiten abiertamente en el escenario global. La historia demuestra que ningún imperio cae solo por la presión externa: cae cuando sus contradicciones internas se vuelven insostenibles.
El modelo que hoy representa el gobierno de los Estados Unidos de América muestra señales claras de agotamiento. La concentración extrema del poder, descrita con precisión por C. Wright Mills hace más de medio siglo, ha vaciado de contenido real a la democracia, subordinando la vida pública a los intereses de una élite corporativa-militar-financiera. Cuando el poder deja de servir a la mayoría y se dedica exclusivamente a preservarse a sí mismo, el conflicto social deja de ser una posibilidad y se convierte en una certeza.
Frente a ello, el ascenso de China no puede explicarse solo como un cambio en el equilibrio económico global, sino como la expresión de un modelo estatal que, con todas sus tensiones y límites, ha colocado el desarrollo, la planificación y el bienestar colectivo como ejes centrales de su proyecto nacional. No se trata de idealizar, sino de reconocer que los pueblos del mundo observan con atención qué sistema ofrece estabilidad, crecimiento y futuro.
El verdadero dilema de nuestro tiempo no es entre Oriente y Occidente, ni entre banderas o discursos ideológicos. El dilema es más profundo: gobiernos al servicio de una élite o gobiernos al servicio de sus pueblos. En esa disyuntiva se juega el sentido mismo de la política en el siglo XXI.
Si el modelo dominante persiste en la exclusión, la guerra permanente y la imposición, confirmará la advertencia de Einstein: la humanidad avanzará tecnológicamente mientras retrocede moral y socialmente. Pero si emerge un nuevo equilibrio basado en la justicia social, la cooperación internacional y la soberanía de los pueblos, entonces el actual reordenamiento mundial no será el preludio del colapso, sino el inicio de una nueva etapa histórica.
Es claro que el modelo que no responda a las necesidades reales de las mayorías está condenado a caer, no por la fuerza de sus enemigos, sino por el peso de su propia injusticia. Ese es, en esencia, el verdadero juego político mundial.
Autor
Pedro Lara Hernández
Estudió Ciencias Políticas y Administración Pública en la UNAM. Diplomado en Política Gubernamental. Diplomado en Administración y Decisiones Financieras. Maestría en Ingeniería Económica Financiera. Ha colaborado en diferentes áreas en la administración pública federal y en los estados de Tabasco y Veracruz. Periodista y analista de la realidad política y económica de México.
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