Jueves, abril 30, 2026

12 marzo, 2026

Luis Enrique Sánchez Fernández

Las diosas olvidadas: cuando lo femenino era sagrado en las primeras religiones

Luis Enrique Sánchez Fernández

Tercera entrega

Si las primeras sociedades humanas colocaron a la mujer en el centro de la organización familiar, también es probable que esa centralidad se reflejara en la forma de comprender el mundo. Antes de las grandes religiones dominadas por dioses masculinos, numerosos indicios arqueológicos sugieren que lo femenino ocupaba un lugar sagrado en la imaginación religiosa de las comunidades antiguas.


En distintas regiones de Europa, Asia y el Mediterráneo los arqueólogos han encontrado pequeñas esculturas de piedra o barro que representan figuras femeninas con rasgos asociados a la fertilidad: vientres prominentes, caderas amplias, pechos destacados. Estas figuras, conocidas comúnmente como “venus prehistóricas”, se remontan a más de veinte mil años y aparecen en asentamientos del Paleolítico.


Una de las más conocidas es la Venus de Willendorf, hallada a principios del siglo XX. Para muchos investigadores estas esculturas simbolizaban la fertilidad, la maternidad y la continuidad de la vida, valores esenciales para comunidades cuya supervivencia dependía de la reproducción del grupo y de la abundancia de la naturaleza.


Estas representaciones no permiten afirmar que existieran religiones organizadas como las conocemos hoy, pero sí indican que la figura femenina pudo haber sido un símbolo poderoso dentro del universo espiritual de las primeras comunidades humanas.


Las grandes diosas de las civilizaciones antiguas


Con el surgimiento de las primeras civilizaciones, las creencias religiosas comenzaron a estructurarse en panteones más complejos. En muchos de ellos aparecieron grandes diosas asociadas a la fertilidad, la tierra, la maternidad y la vida.


En la antigua Mesopotamia,
por ejemplo, una de las divinidades más importantes fue Ishtar, vinculada al amor, la guerra y la fertilidad.


En Antiguo Egipto, la diosa Isis representaba el poder de la maternidad, la protección y la regeneración de la vida.


En el mundo de la Grecia Antigua, figuras como Deméter o Artemisa conservaban aspectos vinculados con la naturaleza, la fertilidad y la protección de la vida.


En muchas culturas del Mediterráneo y del Cercano Oriente existió también el culto a una “Gran Madre”, una divinidad asociada a la tierra y a la capacidad de generar vida.


Del mundo de las diosas al predominio de los dioses


A medida que las sociedades se volvieron más jerárquicas y patriarcales, las estructuras religiosas también comenzaron a transformarse.


Las religiones de las civilizaciones antiguas fueron incorporando cada vez más dioses masculinos asociados al poder político, la guerra y la autoridad. En muchos casos, las antiguas diosas no desaparecieron completamente, pero su papel se redujo o fue subordinado a divinidades masculinas.


Este proceso puede observarse en varias tradiciones religiosas. En algunos mitos, dioses masculinos reemplazan o dominan a antiguas divinidades femeninas. En otros casos, las diosas se mantienen pero ocupan posiciones secundarias dentro de los panteones.


Con el tiempo, varias de las grandes religiones monoteístas terminaron configurándose alrededor de una figura divina masculina única, lo que reforzó culturalmente las estructuras patriarcales de las sociedades en las que surgieron.


Una memoria cultural profunda


La presencia de diosas en las religiones antiguas recuerda que la historia espiritual de la humanidad no siempre estuvo dominada por lo masculino. Durante milenios, la fertilidad de la tierra, el nacimiento y la continuidad de la vida se simbolizaron a través de figuras femeninas sagradas.


Esa memoria cultural persiste todavía en muchas tradiciones. En diversas culturas, las representaciones de la maternidad y la protección de la vida continúan ocupando un lugar central en la espiritualidad popular.


Mirar hacia esas antiguas diosas no significa afirmar que las sociedades del pasado fueran necesariamente más justas o equilibradas. Pero sí permite reconocer que la relación entre poder, religión y género ha cambiado a lo largo de la historia.


Las divinidades que los seres humanos imaginan suelen reflejar las estructuras sociales de su tiempo.


Por ello, la historia de los dioses y las diosas es también, en el fondo, la historia de la propia humanidad y de las formas en que ha entendido la vida, la naturaleza y el poder.


Es cuanto.

Autor

Luis Enrique Sánchez Fernández

Periodista, economista, historiador, universitario BUAP. Con más de 40 años en los medios, ha escrito en periódicos y revistas, ademàs colaborado para radio, televisión y portales digitales. Creador de Poblanerìas y fundador de PeriodismoHoy.com. Primer director de Radio BUAP hace 25 años. Impulsor del periodismo de investigación.

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