Domingo, mayo 10, 2026

10 mayo, 2026

Redacción PH

La puerta que no debimos dejar cerrada: BUAP, George Washington y la oportunidad de volver a pensar en grande

Por Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz

Hay convenios que mueren con estruendo y otros que simplemente se quedan dormidos en algún archivo. No hacen ruido. No incomodan. No estorban. Ahí permanecen, entre sellos, firmas, memorias institucionales y ese polvo burocrático que en México suele ser más persistente que la política pública. Pero de pronto alguien encuentra una pista —un libro, un ISBN, un registro bibliográfico— y la pregunta aparece con la calma peligrosa de las cosas importantes: ¿qué fue de aquello?

La Benemérita Universidad Autónoma de Puebla tuvo, hace más de quince años, un vínculo documentado con la Graduate School of Political Management de The George Washington University, una de las instituciones más reconocidas en el campo de la comunicación política, la estrategia pública y la formación de cuadros. El rastro más visible no es una fotografía de ceremonia ni una nota perdida de protocolo, sino un libro: Estrategias de comunicación política para campañas y gobiernos, publicado en 2008 por la BUAP, a través de la Dirección de Comunicación Institucional, y la Graduate School of Political Management de George Washington University. El volumen aparece registrado con el ISBN 9786077541493 y el OCLC 795921973.

El dato no es menor. En los registros bibliográficos figuran como entidades vinculadas el Seminario de Campañas Electorales Exitosas, Roberto Izurieta, la BUAP y la George Washington University Graduate School of Political Management. La obra consta de 223 páginas y está clasificada en el campo de la comunicación política.

Roberto Izurieta, además, no es un nombre accesorio. La propia George Washington University lo presenta como director de proyectos latinoamericanos de la GSPM, profesor adjunto, consultor en campañas en América Latina y España, asesor de presidentes como Vicente Fox, Alejandro Toledo y Álvaro Colom, y comentarista político en CNN en Español. En otras palabras: no estamos hablando de una ocurrencia universitaria de coyuntura, sino de un puente real entre la BUAP y una escuela especializada en poder, campañas, comunicación gubernamental y estrategia política.

Y aquí empieza lo interesante.

Porque tres años después, en 2011, el Consejo Universitario de la BUAP aprobó la creación del Instituto de Ciencias de Gobierno y Desarrollo Estratégico, bajo la dirección de René Valdiviezo. Ese instituto nacería con una oferta que incluía la Maestría en Opinión Pública y Marketing Político y el Doctorado en Ciencias de Gobierno y Política. La nota de la época hablaba de una institución orientada a formar recursos humanos de alto nivel, desarrollar investigación aplicada, ofrecer asesoría y consultoría a actores políticos, gubernamentales y sociales, y construir vínculos nacionales e internacionales.

¿Fue aquel vínculo BUAP–George Washington el antecedente directo de esa arquitectura académica posterior? No hay que afirmar más de lo que los documentos permiten. La historia institucional exige prudencia, no entusiasmo con sombrero de detective. Pero la cercanía temática, temporal y estratégica es demasiado sugerente como para no hacer la pregunta.

Primero aparece una publicación conjunta BUAP–GWU sobre comunicación política, campañas y gobiernos. Después aparece un instituto universitario dedicado a gobierno, política, opinión pública, marketing político, desarrollo estratégico y consultoría pública. Entre un hecho y otro hay una línea posible. No necesariamente una línea recta; las instituciones rara vez se mueven en línea recta. Pero sí una línea de sentido.

Y las líneas de sentido importan.

Importan porque las universidades también se construyen con memoria. No sólo con edificios, informes, auditorios, placas conmemorativas y ceremonias donde todos agradecen a todos hasta que la gratitud se vuelve género literario. Se construyen con continuidad intelectual. Con proyectos que no se abandonan sólo porque cambió la administración. Con vínculos que no se evaporan cuando se apaga el reflector. Con expedientes que alguien debería rescatar antes de que se vuelvan leyenda oral de pasillo.

La Facultad de Administración de la BUAP tiene hoy una oportunidad peculiar. Nueva dirección, nueva coyuntura institucional, una comunidad enorme y una agenda pública que vuelve a colocar en el centro temas que antes parecían especializados: comunicación gubernamental, gobernanza, ética pública, anticorrupción, opinión pública, análisis de datos, inteligencia artificial, gestión estratégica y profesionalización de servidores públicos.

La doctora María Guadalupe Morales Espíndola asumió la dirección de la Facultad de Administración para el periodo 2025–2029, en un acto presidido por la rectora Lilia Cedillo. En su mensaje público, la nueva dirección habló de puertas abiertas, transparencia, humanismo, trabajo colaborativo y diálogo para construir una unidad académica moderna e innovadora. Bien. Precisamente por eso, la pregunta sobre George Washington no debería incomodar. Al contrario: debería entusiasmar.

Porque una facultad moderna e innovadora no sólo actualiza computadoras, remodela espacios o presume indicadores. También recupera sus mejores antecedentes. Los examina. Los pone sobre la mesa. Pregunta qué funcionó, qué se perdió, quién lo operó, por qué se apagó y qué podría hacerse hoy con una agenda renovada.

Y hoy la oportunidad es mayor que en 2008.

En aquel momento, el eje natural era la comunicación política para campañas y gobiernos. Era el tiempo del marketing político, del consultor estrella, del cuarto de guerra, del mensaje disciplinado, de la campaña como maquinaria narrativa. Hoy el campo cambió brutalmente. La comunicación política ya no ocurre sólo en medios tradicionales ni en mítines ni en spots. Ocurre en plataformas, algoritmos, redes, encuestas digitales, microsegmentación, inteligencia artificial, guerra de narrativas, reputación pública y gestión de crisis en tiempo real.

El viejo lenguaje de la campaña se volvió insuficiente. Ahora se necesita hablar de gobernanza algorítmica, inteligencia pública, comunicación institucional, ética del dato, anticorrupción, rendición de cuentas, formación de cuadros, profesionalización municipal y toma de decisiones basada en evidencia.

La Facultad de Administración puede ocupar ese lugar. No como espectadora. No como oficina que presta salones. No como acompañante decorativa de proyectos ajenos. Como unidad académica con capacidad para articular formación, investigación, consultoría y vinculación estratégica.

Además, hay una coyuntura concreta: el trabajo que la Facultad puede articular con agendas públicas de anticorrupción y buen gobierno. Esa línea, si se toma en serio, puede ser mucho más que un evento o una fotografía. Puede convertirse en plataforma: guías municipales, diplomados, observatorios, formación ejecutiva, servicio social estratégico, producción editorial, evaluación institucional y capacitación pública.

Ahí es donde el antecedente BUAP–GWU podría dejar de ser nostalgia y convertirse en brújula.

No se trata de copiar lo que se hizo hace quince años. Sería absurdo. Las instituciones que sólo reviven su pasado terminan haciendo museografía administrativa. Se trata de preguntarse qué puerta se abrió entonces, qué actores la cruzaron, qué documentos quedaron, qué contactos sobreviven y qué puede reconstruirse hoy desde una agenda distinta.

Una nueva fase no tendría por qué llamarse “campañas electorales exitosas”. Podría llamarse Gobernanza, comunicación pública e inteligencia estratégica. O Democracia digital y gestión pública en América Latina. O Laboratorio internacional de comunicación gubernamental, IA y buen gobierno. El nombre puede esperar. Lo urgente es recuperar la ambición.

Porque ese es el punto: la BUAP no puede conformarse con administrar inercias. La Facultad de Administración, menos. Si forma administradores, gestores públicos, especialistas en turismo, gastronomía, negocios internacionales, administración pública y ciencias políticas, entonces debe mirar más allá de la rutina escolar. Tiene que preguntarse qué papel quiere ocupar en Puebla, en México y en América Latina.

El antecedente con George Washington University no debe mirarse como una reliquia de una administración universitaria anterior, ni como un recuerdo incómodo de la comunicación institucional de otra época, ni como una anécdota para quienes todavía guardan carpetas impresas en archiveros metálicos. Debe mirarse como una posibilidad.

Claro, antes habría que hacer lo elemental: localizar el convenio original, revisar si hubo convenio marco, convenio específico, seminarios, productos editoriales, pagos, obligaciones, cartas de intención o acuerdos derivados. Habría que preguntar en la Oficina de la Abogada General, en Desarrollo Internacional, en Comunicación Institucional, en el ICGDE y entre quienes participaron en aquella etapa. Habría que reconstruir la memoria institucional sin prejuicios y sin vendettas.

Y también habría que tener tacto. En la universidad, a veces las buenas ideas fracasan no por malas, sino porque alguien las presenta como arma. Esta no debería ser arma de nadie. Debería ser una oportunidad para todos.

Para la nueva dirección, porque le permitiría mostrar una agenda de alto nivel, no sólo de administración cotidiana. Para la Facultad, porque abriría una ruta de internacionalización con pertinencia real. Para la BUAP, porque rescataría una conexión que ya tuvo fundamento documental. Para el gobierno estatal, porque una agenda de buen gobierno necesita cuadros formados, evidencia, método y no sólo discurso. Y para quienes alguna vez imaginaron que la universidad podía dialogar con centros internacionales de pensamiento aplicado, porque demostraría que no todo se perdió: algunas puertas sólo quedaron mal cerradas.

La pregunta, entonces, no es si debemos volver a mirar aquel vínculo. La pregunta es quién se va a tomar la molestia de buscar la llave.

Porque quizá el convenio duerme en un archivo. Quizá alguien recuerda más de lo que ha dicho. Quizá hubo funcionarios, profesores, directivos y operadores institucionales que todavía pueden explicar cómo se construyó ese puente. Quizá ahí está una oportunidad que la Facultad no debería dejar pasar.

En tiempos donde todos hablan de innovación, internacionalización y excelencia, conviene recordar que la verdadera innovación institucional empieza por algo más modesto y más difícil: tener memoria.

Y la BUAP, si quiere pensar en grande, debería empezar por revisar las puertas que alguna vez ya supo abrir.


Semblanza del autor

El Dr. Luis Enrique Sánchez Díaz es profesor-investigador universitario, especialista en administración pública, ciencia política, opinión pública, comunicación política e inteligencia artificial aplicada al análisis del poder institucional. Sus líneas de trabajo articulan gobernanza digital, regulación del discurso público, metodología de la investigación, anticorrupción y análisis estratégico de instituciones públicas. Escribe sobre política, universidad, tecnología y poder desde una perspectiva crítica orientada a comprender cómo las narrativas institucionales producen legitimidad, obediencia y simulación.

Sitio: luisenriquesan.blog

X: @luisenriquesan

Telegram: https://t.me/profesorluisenrique

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