¡Deja de sufrir! La paradoja de vivir amargado por cosas que nunca pasaron
Rubén Israel Gatica Gómez
La vida es una paradoja con patas. Resulta que nuestro cerebro, ese órgano de un kilo y medio que llevamos orgullosos entre las orejas, no es precisamente un amigo divertido para las fiestas. Es más bien ese amigo agorero que en un viaje al trópico no ve la palmera, sino el coco a punto de caerle a usted en la cabeza.
Y lo mejor de todo: le hacemos más caso a él que a la realidad. Paradójico, ¿verdad?
El Miedo: el pasatiempo nacional favorito
Aquí viene el dato incómodo que ningún vendedor de cursos de autoayuda le contará: a su cerebro le importa un bledo su felicidad. Al órgano pensante no le interesa que usted sea feliz, sino que sobreviva para contarlo. Por eso está programado con un sesgo de negatividad que haría parecer pesimista a un cuervo. Como bien explica el neurocientífico Dean Burnett, nuestro cerebro es “paranoico por diseño”.
Es decir, usted se pasa la noche en vela imaginando que su jefe le va a despedir, que su pareja le va a dejar o que la hipoteca le va a hundir. Y el cerebro, tan campante, libera cortisol (la hormona del estrés) con la misma alegría que si un león le estuviera mordiendo la yugular. Al final, el león no aparece (nunca lo hace), pero usted ya está hecho unos zorros, con el estómago hecho polvo y la tensión por las nubes. Todo por una película mental que usted mismo ha producido, dirigido y protagonizado. Enhorabuena, es usted un artista del sufrimiento preventivo.
El mito del genio cínico (y la paradoja del oso blanco)
La cultura pop nos ha vendido la moto de que el tipo inteligente es el amargado. El que va de “yo lo sabía”, con la ceja arqueada y una frase cínica en la boca. El Dr. House, Rick Sánchez, o ese cuñado que en toda reunión familiar suelta un “todo está perdido”. Pero la ciencia, que es muy carca y desmonta mitos, ha llamado a esto “La Ilusión del Genio Cínico” .
Un estudio de 2019 con 200.000 personas reveló que los cínicos no solo no eran más listos, sino que eran más manipulables y menos competentes. ¿La razón? El cínico cree que ya lo sabe todo del otro y deja de prestar atención. El optimista, en cambio, está atento, busca señales y aprende. Pero ojo, no se equivoque: ser optimista no es ir por la vida con un lazo en el pelo cantando “qué bonito es todo”. Es, simplemente, no dar por hecho lo peor antes de tiempo.
Y aquí entra la joya de la corona: la Teoría del Proceso Irónico de Daniel Wegner, también conocida como el fenómeno del “oso blanco”. Wegner demostró algo que Dostoievski ya intuyó: intente no pensar en un oso polar. ¿En qué está pensando ahora? Exacto, en un oso polar. Aplicado a la vida: “No quiero ser un fracasado”, “no quiero estar solo”, “no quiero que me pase algo malo”. Cuanto más intenta suprimir el pensamiento negativo, más se instala este en su mente, y más real parece la amenaza. La paradoja es que lucha tanto por evitar un destino que termina viviendo en él, aunque solo sea en su cabeza.
Y aquí llegamos al meollo del artículo, al dato polémico que tanto le gusta al usuario y que tanto molesta al personal: Hacerse la víctima es el pasatiempo más inútil y caro que existe. No me malinterprete. El sufrimiento es real. La injusticia existe. El dolor es inevitable. Pero el victimismo es una elección.
Viktor Frankl lo deja claro: “La actitud frente al sufrimiento” es uno de los tres pilares para encontrar sentido. Podemos encontrar significado incluso en el dolor si elegimos cómo enfrentarlo. Pero si usted se instala en el “pobrecito yo, qué mala suerte tengo, todo me pasa a mí”, no solo está renunciando a su libertad, sino que está perdiendo un tiempo precioso.
Mientras usted está ocupado maquinando la próxima desgracia, rumiando el insulto de su cuñado o lamiéndose las heridas de una crítica que quizá ni existió, la vida pasa. Y no espera. No se detiene. No le debe nada.
La paradoja definitiva es esta: usted cree que anticipándose a lo malo se protege, pero lo único que hace es perderse lo bueno. Se pierde la conversación porque estaba pensando en cómo le podrían insultar. Se pierde el atardecer porque estaba esperando la tormenta. Se pierde el cariño porque temía el desamor.
Ser víctima es fácil. Es cómodo. Da la razón. Pero es una trampa mortal. Como explica la logoterapia, la “auto trascendencia”, es decir, dejar de mirarse el ombligo para volcarse en algo o alguien más allá de uno mismo, es la clave para una vida plena.
Así que, querido lector, la próxima vez que sienta que el mundo se le viene encima por algo que todavía no ha pasado, recuerde al oso polar. Recuerde que su cerebro, con toda su buena intención, le está contando un cuento de terror. Que los datos demuestran que el pesimismo no le hace más listo, sino más infeliz y manipulable. Y recuerde a Viktor Frankl, que desde un campo de concentración nos enseñó que la libertad de elegir la actitud es lo único que realmente poseemos.
Deje de ensayar su propio funeral y empiece a vivir. Porque, aunque no se lo crea, el tiempo que pierde siendo víctima es el mismo tiempo que podría estar usando para ser el protagonista. La vida es una paradoja, sí, pero también es la única obra de teatro donde usted puede elegir el papel que interpreta.
¿De verdad quiere hacer el del muerto?
Autor
Redacción PH
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