Martes, mayo 05, 2026

5 mayo, 2026

Redacción PH

El Día contra el Bullying: cuando preferimos criar lobos antes que ovejas

Por Rubén Israel Gatica Gómez

Cada Mayo, escuelas y gobiernos desempolvan carteles de colores pastel y lemas bondadosos. Prometen “tolerancia cero” mientras, afuera, la indiferencia sigue siendo la regla. Porque la realidad, cruda y silenciosa, no cabe en ningún póster.

En México, ocho de cada diez estudiantes de educación básica sufren acoso. Somos el primer país del mundo en bullying, según la OCDE. Detrás de esa estadística hay casi 28 millones de vidas diminutas que aprenden, demasiado pronto, que el dolor cabe en una mochila y que nadie va a detenerlo.

Pero aquí está la confesión que nadie hace en voz alta: la mayoría de los padres de hoy, aunque les duela reconocerlo, preferirían tener un hijo que muerde antes que uno que tiembla. Y la sociedad, sin rubor, les ha regalado los dientes.

“Que no se deje” ha dejado de ser un consejo para convertirse en un mantra de crianza. El miedo a que nuestro hijo sea la víctima nos ha vuelto cómplices silenciosos del agresor. Porque si todos crían lobos, ¿quién enseñará a ser cordero sin avergonzarse de su lana?

Los niños no nacen violentos: aprenden. Lo veían antes en dibujos animados donde el héroe resolvía todo a golpes; ahora lo ven en TikTok, donde humillar al otro da likes. El experimento del muñeco Bobo de Bandura lo demostró hace sesenta años: miramos, imitamos, repetimos. La violencia se aprende como se aprende a odiar las verduras: por costumbre.

Pero lo más perturbador es que el aula no es el origen; es el espejo. En casa, en el transporte público, en las filas del supermercado, los niños observan cómo los adultos resuelven diferencias con gritos o amenazas. Lo que antes era ficción, hoy es un manual de uso cotidiano.

El bullying no termina cuando suena el timbre. Se enquista.

Lo demuestra un estudio de veinte años firmado por Copeland y su equipo: los niños acosados llegan a adultos con niveles altísimos de trastorno de pánico, ansiedad y agorafobia. Los agresores, por su lado, multiplican por cinco su riesgo de desarrollar trastorno antisocial. Y los que fueron ambas cosas —víctimas y verdugos— habitan el lugar más oscuro: el de la ideación suicida.

Olweus, el gran pionero, lo dijo sin rodeos: los agresores se fabrican en casa. En hogares sin calidez afectiva, donde el castigo físico es moneda corriente y la agresión se permite con un encogimiento de hombros. La frustración no se gestiona: se descarga sobre el más débil. Y eso da poder. Y el poder, como toda droga, engancha.

Mientras tanto, las instituciones miran hacia otro lado. En México, las denuncias por acoso escolar han aumentado un 205% en cinco años. Pero la cifra verdadera es la que no se denuncia: entre el 70% y el 80% de los casos jamás llegan a ninguna dirección. ¿La respuesta estatal? Cámaras de videovigilancia. Como si vigilar el golpe fuera lo mismo que evitarlo.

Y aquí ocurre lo más trágico: los docentes han perdido la autoridad. Cualquier llamado de atención a un agresor deriva en una amenaza de demanda. Los maestros tienen miedo. No miedo a los alumnos: miedo a los padres. La justicia legal ha reemplazado a la formación en valores. Y los niños lo saben.

Salmivalli nos dejó una idea clave: el bullying no es un duelo entre dos. Es un teatro con público. Y el público —los espectadores— decide si el show continúa. Cuando nadie interviene, cuando los compañeros ríen por no ser la víctima, cuando el profesor finge que no vio, el mensaje es claro: aquí la violencia funciona.

El único golpe que duele para siempre es el que nadie detuvo pudiendo hacerlo.

No todo está perdido. Bandura también nos dejó una certeza esperanzadora: los niños pueden desaprender la agresión si les ofrecemos modelos prosociales consistentes. Y eso empieza en casa, no en los carteles del gobierno.

Cinco ejercicios para construir ese otro mundo posible:

  1. El minuto de la verdad
    Cada noche, antes de dormir: “¿Algo que me haya hecho sentir mal hoy y algo que me haya hecho sentir bien?” Sin consejos. Sin juicios. Solo presencia.
  2. El semáforo de las emociones (para los pequeños)
    Verde: estoy bien. Amarillo: algo me ronda. Rojo: necesito ayuda. Una forma silenciosa de pedir auxilio sin tener que nombrar el monstruo.
  3. La cita semanal sin pantallas
    Treinta minutos. Sin celulares. Sin televisión. Solo para recordar que existimos el uno para el otro.
  4. El truco del “y también…”
    “Lo que hiciste estuvo mal, y también sé que puedes hacerlo mejor.” Corregir sin humillar es un acto de amor profundo.
  5. La carta invisible (para adolescentes que ya no hablan)
    Diles: “Si algún día quieres escribirme algo, lo leeré sin juzgar.” Porque a veces las primeras palabras nacen en el papel, no en el aire.

Este próximo Día contra el Bullying, las escuelas pondrán sus moños y los gobiernos leerán manifiestos. Pero el cambio verdadero está en cada casa. En la paciencia que no tuviste ayer pero puedes tener hoy. En el abrazo que no diste pero aún estás a tiempo de dar.

Porque criar ovejas no es enseñar a ser débiles.
Es enseñar que la fuerza verdadera no necesita morder.
Y que un rebaño que se cuida entre sí
es más temible, a la larga,
que cualquier lobo solitario.

Autor

Redacción PH

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